No hablo de la droga, hablo del estado emocional en que me encuentro. Tenían que verme. Yo lo he hecho hace un momento. Me he mirado en un espejo y el espejo me ha devuelto tal imagen que a poco más despego, levito cual maravilloso trance como en su día levitó Santa Teresa. Es mucha de Dios Nuestro Señor la satisfacción que tengo. Y no, no piensen mal, no me he metido al organismo ningún chute de sustancia alucinógena o alteradora de circuito neuronal alguno, qué va. Simplemente me he pasado por el centro y como que me he vuelto a enamorar, caramba.
Y es que he podido ver por fin con estos ojos que se comerá la tierra mi Lugo entre murallas con ropa nueva. Está preciosa, oigan, y disculpen la cursilería, pero entiéndanlo, es amor, es éxtasis, es placer inmenso con sabor a caramelo.
Hoy se me ocurrió bajar a ver el nuevo aspecto del casco histórico de este Lugo nuestro y ya les digo, me he quedado embelesado y he sufrido tal transformación psicosomática al completo, que ni yo me reconozco. Sí, las obras terminaron. Fueron meses de ajetreo, así que me imagino que los pobres ciudadanos que han sufrido estas constantes inclemencias más de cerca, poco menos que estarán bailando noche y día el baile de los vampiros, que es un baile eterno porque los vampiros nunca mueren.
A mí me pilla el centro lejos, pero soy persona emocionable y solidaria y me solidarizo en cuerpo y alma con estos, nuestros mártires, que día y noche han soportado tanto tiempo este martirio. Propongo por lo tanto para ellos todo un cálido homenaje del municipio, una placa conmemorativa, por ejemplo, bajo el águila de Santo Domingo. Un algo así como «Al lucense, que ha vivido sin quejarse con las obras tantos meses en constante sacrificio. Lugo, 2020-2025». Qué me dicen.