Hay que ver la que se ha montado por un pregón de fiestas que, a lo que se ve, parecía el festival de Cannes. Solo faltaba la alfombra roja y guardias de seguridad para que nadie se colase sin invitación. O sí, porque en el pregón de la feria de productos del campo de A Milagrosa había seguratas, o eso parece porque a dos personas, dejando a un lado su condición de concejalas, se les prohibió el paso, que ya es mucho prohibir en un festejo popular.
Creo que es el primer caso en la historia pregonera que conozco que se prohibiese el paso a nadie. He dado unos cuantos pregones, incluido el del vecino barrio de A Piringalla, controlado en aquel entonces por las huestes de Jesús Vázquez, hoy en día en el otro extremo del peloteo político, y en ninguno se prohibió el paso al público. En caso contrario, me negaría a predicar porque la libertad de expresión está por encima de todo.
Siempre entendí, en ese caso como asistente a otros pregones, que no eran nunca privados, o sea, que no se invitaba a nadie de forma particular sino al vecindario, o a quien tuviese ganas de escuchar media hora de laudatorio del barrio en que se celebraba porque los pregones, para qué negarlo, son para eso. Y no nos pagan por ello —bueno, a algunos sí—, pero no cierran las puertas a nadie.
Algo tan sencillo como un pregón festivo se ha convertido en una confrontación politiquera vecinal que causa estupor. No hay que olvidar que durante 27 años el PP proporcionó numerosas ayudas a la Asociación de Vecinos de A Milagrosa, y tan contentos. Ahora se cambió de bando y ponemos porteros, como en los puticlubes. Pero la libertad de expresión, ni tocarla.