Sin mascarilla

Emilio R. Pérez

LUGO

27 abr 2022 . Actualizado a las 18:20 h.

Abierta ya la veda, después de tantos meses ocultando al mundo este sutil compendio de belleza, de plasticidad, esta sin par delineación de rasgos tan perfectos resumida en un palmo cuadrado de perímetro facial, decidí sacar la mascarilla a la primera y pasear fuera del Louvre mi sin par estético careto al aire libre sin cobrar un duro. Uno que es mecenas, filántropo, divulgador del arte plástico, esteticista hasta los huesos. Cuando pienso el tiempo que ha tenido que aguardar ahí escondida una porción de su agradable anatomía… Qué cruel atentado a los derechos básicos del ciudadano, qué inmoral pecado que una burda ley, vulgar decreto o lo que fuere, le vete algo tan bello. En fin… Así que no me lo pensé dos veces y, resuelto, salí fuera. Enamóralos, me dije, abandona tu ventana y, qué demonios, devolvámosle a la gente la alegría, festejemos en común algarabía la buena nueva dejándoles que te soben, que te besen, manoseen, mostrémosles de nuevo en vivo y en directo al Dorian Gray de carne y hueso. Y ahí me bajo tan chulillo con la jeta al aire hasta que llego al centro y me lo encuentro de repente. Maldito espejo. Otra vez se cruza en tu camino ese chivato impertinente recordándote quién eres. ¿Has bebido?-me dice-, pero quién te crees, tipo duro, vuélvete a tu madriguera, anda, y cúbrete la cara que pareces un muñeco de plastilina de Barrio Sésamo. Regreso abúlico y frustrado a mi ventana allá en el alto, me asomo, oteo el horizonte y melancólico me digo: no le des más vueltas, querido, la vida es corta, y aquello de la arruga es bella pasó a la historia. Miro al cielo… Bueno, después de todo no es tan malo ser un ciudadano anónimo.