Se nos fue. Me lo dijo mi hija el otro día. Por wasap. Estaba moi maliña, papá. La perrita que ladraba a las gaviotas se marchó. La que venía cada día a saludarme al muro y a comer de paso su extra de ración, la pequeña westie que año tras año me esperaba en Foz cada verano dijo adiós. Sí, tiempo atrás cuando la vi, andaba ya viejiña y achacosa. Recuerdo bien que apenas si soltó dos míseros ladridos al sonar el timbre. Dos. Y mira que le daba cada vez que oía el timbre. Eso sí, su habitual curiosidad pudo con ella y aguardó. ¡Hola, Cosqueta! ?la saludé… Pero nada. Dos meneos imperceptibles de su imperceptible rabo y a tumbarse medio ausente en el rincón. Cascadiña, me dijo Quique. Ya. Y nunca más la volví a ver. Pobriña a miña Cosca.
Mi mujer sentía por ella una especial inclinación. Recuerdo un año en que volvíamos de Barcelona. Venía cansada, muy cansada: dos largos días de tensión extrema, un agotador viaje de ida y vuelta y una quimio corrosiva aún quemándole las venas… ¡Buf! Reventada. Apenas si paramos como siempre al pasar frente a la casa. Se fue a acostar directamente. Pero Cosca la presintió y no paró de dar ladridos hasta que le abrieron la cancela. Yo, que andaba por allí, la vi pasar como una flecha, derrapó en la puerta, enfiló el pasillo y fue a tumbarse bajo la cama junto a ella. Y allí pasaron juntas buena parte de la tarde. Cuando María se levanto salió ladrando al cielo muy contenta. Y eso María nunca lo olvidó. Por eso mi mujer quería tanto a Cosca. Por eso y otras muchas cosas. Sílbale y acaríciala, María, que ahí llega tu Cosca, y deja que desde ahí arriba siga como solía ladrando a las gaviotas.