El cuervo

Emilio Rodríguez Pérez

LUGO

27 ene 2021 . Actualizado a las 19:19 h.

Llego con la compra, me dispongo a abrir la puerta y observo en el cristal un cuervo. Me vuelvo y, en efecto, al otro lado de la calle, plantado con enorme chulería entre dos coches, inmóvil me contempla. Cuando piensa que me tiene bien fichado, me ignora olímpicamente, se vuelve hacia su izquierda y hace mutis con soberbia. Excita mi curiosidad y allí me quedo, plantado como un parvo y con la vista en aquel punto… ¡Y aparece, oiga! O demo me coma -musito. Asoma su cabeza tras la chapa, solo la cabeza, y me observa en actitud farruca: ¡Qué te pasa, ¿quieres gresca?! Después desfila en plan torero, se detiene y, durante diez segundos, no exagero, parece que me reta. Y una vez queda constancia del entérate quién manda, erguida la cabeza se da en plan chulo media vuelta e impávido se ausenta.

¿Han visto alguna vez andar a un cuervo? ¿Se han fijado? Me refiero a que si se han parado a contemplarlo con detalle; su talante y todo eso. Si lo hacen con paciencia observarán que se comporta como el rey del mambo. Va de sobrado. Mientras otras aves buscan qué llevarse al buche, erguido y arrogante el cuervo mira indiferente el suelo; sus ojos negros, tanto o más que su plumaje, observan con detalle todo aquello que se mueve, lo fichan y lo calan bien calado. No pierden detalle. Te sostienen la mirada y, conscientes de lo poco o nada de interés que encierra un ser humano, te ignoran y se largan.

Endemoniadamente inteligentes, se comunican entre sí y su memoria es de elefante; de hecho nunca olvidan una cara hostil. Como la mía. Supongo. Aquí en el alto graznan a diario y ando mosca de carallo, lo confieso. ¿Han visto la de Hitchcock?... Pues eso.