Érase una vez...


Resulta que al final era la obrera la heroína de esta historia. Vaya cosas. Siempre lo fue… Hasta que alguien tuvo la genial idea de mirar al zángano de abajo arriba, y el zángano se lo creyó.

Érase una vez una colmena organizada que producía miel a toneladas. Reina, zánganos y obreras, cada cual llevaba a cabo su tarea con maestría y precisión y funcionaba la colmena al cien por cien con eficacia extraordinaria. Pero hubo un día en que un grupúsculo de obreras comenzó a tramar. Se dieron cuenta de que el zángano no pegaba hachazo, tenía las mejores celdas, había que alimentarlo y lo único que hacía era calzarse a la abeja reina. Así que poco a poco fue extendiéndose por la colmena una insana aspiración y un montón de obreras deseaban desde larvas ser como los zánganos, o incluso reinas, y a diario había manifestación.

Y en esto andaban cuando otro aciago día apareció un ejército de avispa asiática -la temible velutina- y, naturalmente, pilló a nuestra colmena con la guardia baja; salvo a las obreras leales, que eran muchas y seguían con su labor. Menos mal. Porque fueron ellas con su trabajo, su abnegación confinándose en las celdas y cuidando a las tocadas, las que salvaron la colmena del colapso.

Al final la velutina claudicó batiéndose en retirada, pero la colmena quedó tocada, muy tocada. Y el zumbido aquel, febril y alegre, que era el palpitar vital de la colmena, durante mucho tiempo apenas si se oyó.

Desde mi ventana aquí en el alto proclamo alto y claro esta evidente moraleja: mientras siga habiendo zánganos que vivan para vivir del cuento, colorín colorado… este cuento no se habrá acabado.

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