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Molvidé de mis queridos versos. Mi poesía. Desde hace un tiempo la tengo descuidada, abandonada por completo. Sucumbí como un bebé a las mieles de la prosa echándome en sus brazos. Le fallé. Y ponerle así los cuernos, de esta forma traicionera y subversiva, lo confieso, no está bien. Pero la lírica no es quien asemeja ser, amigo, la lírica no olvida. Sé lo que me digo: traté con ella. Ese género meloso y zalamero no es lo que parece. No. Qué va. Es artero, celoso, rencoroso y vengativo. Malicioso. Si le fallas te la guarda y cuando estás más despistado saboreando ufano tu anhelada gloria, ¡zaca!, te la suelta... Me esperaba su respuesta.

Poca cosa llevo en prosa. Tres novelas, sólo tres. Y fue la última, María, la única que presenté. Partió la idea de mi estimado José Ulla, alcalde de Begonte, quien con su gentileza habitual tuvo a bien poner a mi disposición la espléndida Casa da Cultura el pasado sábado.

Y tras pregonar al mundo las delicias del evento, ya se veía el menda en loor de multitud y con el ego en las estrellas, hasta que llegado su momento se da de bruces con lo exiguo de la audiencia: 17. Incluido alcalde, reportero y, natural, este ponente. ¡Oh malditos hados de la suerte, oh poesía rencorosa y vengativa, cuán cruel y despreciable es vuestro mísero despecho!

Hoy la cosa no iba a ir de esto, pero gratitud obliga. Y para dar las gracias, querido alcalde, apenas si me llega la columna; pero es todo cuanto tengo. Desde el alto, gracias. Gracias a ti; a tu magnífico equipo; a los 15 penitentes y a tus hermosísimas palabras para María. Y no le des más vueltas al asunto, te lo ruego…, fue la lírica. Buenos días.

 

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