«Después de la tormenta»: Los dichosos violines


Inicio esta crítica dejando claro que Después de la tormenta (Oriol Paulo, España, 2018) es una película más bien normalita, muy influenciada por el tono de las series de televisión y con numerosas trampas y piruetas lógicas e ilógicas de guion que gustan a los espectadores y que son de manual de cómo construir una historia de suspense.

Pero dicho esto, he de reconocer también que existe algo en ella que para nada espanta al espectador, que hace que, al menos, y no es poco, esperes al menos la resolución de la trama. Uno de sus aciertos es la propia historia principal, la idea de cómo la variación de un hecho del pasado puede influir en el futuro de una persona. Cómo el arreglo de un problema del pasado genera un problema en el futuro. O cómo la vida actual no deja de ser un engaño y se puede mejorar gracias al cambio del curso del tiempo.

Pero lo sugerente y atractivo que pueda tener la película se cae por la borda cuando, por influencia de la televisión y del espectador que ha sido formado en las claves de las series, se explicita lo que no era necesario. Un ejemplo son esos violines machacones que refuerzan momentos que por sí mismos ya deberían ser importantes. Subrayarlos es innecesario.

Y por otra parte, ¿por qué se repiten escenas que ya vimos cuando un personaje tiene que explicárselas a otro? ¿Para que el espectador no se pierda? Eso no deja de significar que el director, también coguionista, no confía en el que tiene enfrente, sentado en la butaca.

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