Ahogamientos

Javier G. Calleja TRIBUNA

LUGO

Crece la alarma social ante el elevado número de ahogamientos acumulados durante los primeros siete meses del año, la mitad del número de muertes en carretera.

Los fallecidos ascienden a 305, lo que supone un incremento del 14,8% sobre el pasado año. 45 son las personas que han perdido su vida en arenales, piscinas y ríos, en Galicia, que ocupa el segundo lugar por fallecidos a nivel nacional, detrás de Andalucía.

Pero lo más lamentable de la estadística es que, en bastantes ocasiones, los ahogamientos vienen precedidos de la imprudencia de los bañistas quienes, haciendo caso omiso a señales y recomendaciones, ponen su vida en riesgo a cambio de un chapuzón. Ponen su vida en riesgo y, no lo olvidemos, la vida de las personas que, próximas al suceso, tratan de auxiliar al irresponsable de turno.

El 29 de julio fui testigo de la terquedad de uno de estos bañistas, a los que yo califico como «tarzanines». Paseaba por el entorno del arenal de la Illas, en Ribadeo, y pude observar cómo la bandera roja advertía del mal estado de la mar. Llegó «el tarzanín» de turno y, sin pensarlo dos veces, decidió bañarse sin encomendarse a nadie. Los socorristas, percatados de la imprudencia, hicieron sonar sus silbatos, acompañados de gritos, para que el individuo saliera del agua inmediatamente. Al final, y tras bastante insistencia, el bañista regresó a la arena, farfullando contra aquellos que, con su aviso, probablemente le acababan de evitar un serio problema.

Casos como el que relato, desgraciadamente, son más habituales de lo deseable. El desprecio por la vida de algunas personas (la suya y la de terceros), no es fácil de entender.