Un puntal de la Rúa Nova que se mantiene estable

benigno lázare LUGO / LA VOZ

LUGO

PRADERO

26 feb 2012 . Actualizado a las 07:05 h.

La hostelería entró en la vida de Víctor Fernández Picos sin tradición familiar ni por propia elección; fue por necesidad y casualidad. Pero este negocio no es como un título nobiliario ni como un gran reserva, que ganan con el tiempo, de manera que al propietario de la Bodega do San Vicente le fue bien. Ahora su hijo Manuel tiene el camino abierto si en el futuro decide dedicarse a lo mismo a tiempo completo, porque de momento su misión es estudiar informática y echar una mano los fines de semana y fiestas de celebrar.

Víctor nació en la parroquia fonsagradina de A Trapa, en el límite con Asturias, pero la familia se fue de allí cuando tenía dos años. El campo nunca dio grandes ganancias y menos si había que compartirlas con los propietarios de la tierra. Menos aún con la obligación de dar de comer a seis hijos. «Viñemos vindo cara Lugo, e o último sitio onde estivemos foi en Tirimol, antes de mercar unha casa en Albeiros», recuerda.

Cuando tenía 13 años comenzó a trabajar en el bar Vázquez, en la confluencia de la Ronda da Muralla con Camiño Real. Los siguientes oficios fueron en una empresa de maquinaria agrícola y en otra de escayola. Siendo todavía un adolescente, a los 16 años se fue a Bilbao, donde trabajó varios años en casas de comida.

Cuando le llegó el momento de cumplir con la milicia, el sorteo de quintos quiso que se fuese a Mallorca, isla en la que se quedó cerca de dos años desde que remató el servicio militar. Durante el tiempo de permanencia obligatoria buscó trabajo para las horas que no tenía que estar en el cuartel. También era en la hostelería, oficio en el que los gallegos estaban bien considerados, según su experiencia.

«En Mallorca tamén traballei para Pucho Boedo, que era un tipo majo e agradable, aínda que daquela tiña moitas actuacións e os negocios levábanllos os encargados que tiña», señala Víctor. Conoció al cantante a través de otro colega de Lugo y compaginó el trabajo en los dos locales que tenía, un restaurante y la discoteca Morriña. «Non teño discos firmados por él nin outros recordos porque daquela non me gustaba a música e tampouco tiña moito tempo para esas cousas».

En 1977 regresó a Lugo y comenzó la etapa en la que lo conocieron muchos de los que hoy son sus clientes. Trabajó en el Manila, donde ya había estado una temporada en otra ocasión, y cuando se abrió el Castillo, se fue allí. Su período como trabajador por cuenta ajena se acabó en la zona de Campo Castelo porque el siguiente destino fue la Rúa Nova, calle en la que se hizo cargo del Koka, con José Ángel Ríos como socio.

La última etapa

En 1983 traspasó en solitario la actual Bodega San Vicente. Dos años antes la vieja taberna había sido transformada en un local moderno pero con el estilo tradicional que aún conserva, porque en estas cerca de tres décadas apenas le hizo reformas. Tampoco varió mucho la plantilla en número, ya que casi desde el comienzo tuvo siempre un empleado.

Sin mostrar un gran entusiasmo, afirma que le gustaría que el día que se jubile sigan con la bodega los hijos, «se non teñen algo mellor, que sexa menos sacrificado». A María, la mayor, no le atrae la idea y actualmente está estudiando en León. Manuel está en la fase de familiarizarse con la hostelería, «e despois, xa se verá».

Víctor dice que con la crisis le bajó la actividad, como a casi todos, pero no se queja. Afirma que tiene una clientela muy fiel y de tipo medio, que mantiene el nivel.

Víctor Fernández Picos

La astilla

Manuel Fernández López

Víctor está a punto de cumplir los 56 años y su hijo tiene 19.

Profesión

El padre es hostelero y Manuel también, parcialmente

«En Mallorca traballei para Pucho Boedo, que era un tipo majo

e agradable»