Familiarizado con el cementerio

La Voz

LUGO

El hijo de la maestra de Santalla de Vilameá (A Pontenova) vivía de niño a 130 metros del cementerio. Su amigo el enterrador le daba algunas de las muchas calaveras que aparecían al hacer una nueva fosa. Manolo las lavaba bien y les daba lustre con líquidos de los que usaba su padre en la consulta de dentista.

El camposanto de Vilameá ya no recibe aquellas frecuentes visitas, pero sigue rodeado de calaveras. En una metálica lleva incrustado el dedo meñique de su mano izquierda. «Tener la muerte tan cerca en aquellos años te aporta una visión muy diferente de ella».