Como jurista que soy, creía en el Estado de Derecho hasta que observé cómo actúan los agentes que gestionan la alta tensión, las líneas eléctricas que atraviesan parajes y propiedades. Es el progreso y la civilización. Lo que no se compadece con el Estado de Derecho son sus métodos, sus procedimientos manu militari. Había visto como la concentración parcelaria desforesta impunemente el paraíso y destripa restos megalíticos de cuatro mil años de historia. Ví máquinas limpiando viales y cunetas, cargándose cierres de fincas y cortando árboles senlleiros. Me he dirigido alguna vez al superman de la máquina, que te mira, desafiante y altivo, desde su trono olímpico: «Pero vostede ¿qué está facendo?». «Eu limpo secondo me mandan». Llantos de trueno que no conocen diálogo, explicación ni alegato. Asistí, con dolor, al asesinato del carballo más glorioso de mi aldea, para dar paso a una acera. Le rezaba yo en las noches de plenilunio, soñando a los celtas bailando bajo sus ramas, bebiendo cerveza de bellotas, como cuenta Estrabón.
Pero no sabía de las prácticas abusivas de los señores de la luz que practican nocturnidad, alevosía y escalo. Desconocen la notificación previa, ignoran el preaviso legal y actúan sobre la marcha. Abren, cortan por el pie, derriban y trazan grandes autopistas desforestadas que en el minifundio del país, anulan la propiedad. No recogen los destrozados restos forestales que quedan a cargo de los propietarios, expropiados sin recurso ni alegación. Te levantas y ves tu parco señorío allanado y piensas si el totalitarismo ha vuelto y un feroz comunismo se instala. ¿Dónde está el Estado de Derecho? ¿Dónde la ley?.