Nikita Kruschev, el que se quitó el zapato en la ONU y golpeó con furia el atril, dijo con ironía: «Los políticos son siempre iguales: prometen construir un puente incluso donde no hay río». No le faltaba razón, porque la política es palacio donde caben todas las promesas, pero las realidades son escasas o contadas. No es el caso de José Blanco, que llevó al Consejo de Ministros del viernes la pesadilla del AVE y habrá alta velocidad en 2015.
Hace unas semanas se lo pregunté yo en un sarao en Madrid: «Ministro, el AVE a Galicia, ¿cuándo?». Me miró detrás de sus gafas y como si esperase la pregunta me contestó rápido: «El tramo Santiago-Ourense, en el 2011. El resto de Galicia, en 2015». Le miré, a mi vez, escéptico, pero él no pestañeó mientras me cogía del brazo: «Os de Lugo non mentimos». Recordé entonces lo que Blanco y Feijoo juraron por escrito en el Pacto del Obradoiro: llevar el AVE a Galicia en plazos razonables. Probablemente no vuelva a darse la conjunción estelar de que los gallegos tengamos un ministro en el Gobierno y un presidente autonómico que se entienden y se respetan. Eso en política si no es un milagro es una rareza.
Después de Ridao y otros era necesario dejar las cosas diáfanas. Dije yo que si Blanco y Feijoo ponían el AVE habría que levantarles una estatua. Me quedé corto. Hay que erigirles en cada barrio una plaza con una dedicatoria: «A los que añadieron una galaxia al camino de las estrellas». La política, patio de navajeos, solo encuentra su justificación en el diálogo y su razón en las obras.