¿Qué está pasando con nuestro patrimonio cultural y artístico? Cada día hay noticias de atentados que sufren los bienes culturales, sobre todo en el medio rural. Ahora que la despoblación de nuestras aldeas es ascendente, esta vergüenza se incrementa. No hace mucho hablé aquí de la caverna de estalagmitas de Lóuzara, en la que se perpetró una atroz mutilación. Ahora sabemos que han robado las campanas de la iglesia de As Goás, en tierras de Abadín. Según el párroco, los bronces datan del siglo XVIII, y pesaban 300 kilos, lo que hace pensar que el latrocinio tuvo que ser perpetrado con nocturnidad, alevosía y medios técnicos suficientes para descolgarlos de la torre. La campana, esa lengua de bronce que desde la era cristiana cumplió funciones sociales, es símbolo y referencia. Llamaba a los oficios religiosos, convocaba al pueblo a concejo y xuntanza, comunicaba el fallecimiento de los vecinos, alejaba el trueno y el pedrisco, avisaba del fuego, festejaba los días de fiesta, volaba en las procesiones de la patrona o patrono. Conservo de mi niñez aquel sonido alegre, o triste, o melancólico, de las campanas, llenando el valle del Azúmara en mi Mosteiro del alma. Era como bandada de palomas que se posaban en los sembrados, lenguaje sublime que subía a las medorras y castros y se perdía entre los soutos y carballeiras. Era la voz de Dios. Nos están robando el alma, nos están hurtando el pasado. Es urgente que se adopten medidas de seguridad y protección suficientes para preservar el patrimonio cultural y artístico. Las campanas somos nosotros. Su silencio sonará por nosotros.