El temporal Becky ha pasado y parece que todo vuelve a la tranquilidad. No obstante, lo normal para nosotros, por mucho que nos pese, es soportar una climatología local adversa. Parecía que los nubarrones de la tormenta tropical de la operación carioca nos estaban dando una tregua. Se mantenían acechando a lo lejos a la espera de nuevos vientos con los que levantar la pesada alfombra bajo la cual se esconde toda la basura indigna que estaba incrustada en ciertas instituciones de la ciudad.
Lamentablemente colocados como estamos en el noroeste, por donde entran casi todos los fenómenos meteorológicos que traen consigo lluvia y frío, ha empezado a soplar de nuevo, con mucha fuerza, el aire. Un huracán azota las ya de por sí turbulentas relaciones entre el gobierno local y la policía que está bajo su mando. El descrédito al que se puede llegar no conoce parangón cuando de ambas instituciones se habla a la vez. Esta tempestad que no cesa nos está costando dinero y desvelos. Mientras unos y otros han estado haciendo lo que les daba la gana, todo era una brisa suave, pero cuando se ha querido poner fin a tanto desajuste y exceso de autoridad ha sido cuando han resurgido las discrepancias que ahora vienen en forma de acusaciones sobre supuestas incompatibilidades Lo que sabíamos todos sale a la luz. Las lluvias arrastran el lodo que tapaba las lápidas y que están inundando las cloacas. Donde al menos parece que ha llegado el anticiclón es a la policía nacional. Un par de operaciones dignas de alabanza han hecho que el sol reluzca sobre la imagen de este cuerpo. La sabiduría popular dice: «quien siembra vientos recoge tempestades». Por si acaso, aún no me quito el anorak.