Después del tijeretazo del Gobierno, nueve millones de españoles, funcionarios y pensionistas, se sienten más solos. Y muchos otros que por vaivenes de la vida han perdido a su pareja, a su familia, o a un amigo. Baudelaire decía que quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada. Pasa en las grandes ciudades donde atraviesas un paso de peatones rodeado de gente y es como si caminases en soledad. Es el mal de nuestro tiempo.
Me conmueve la noticia de que un hombre acaba de ser condenado por llamar al timbre de la casa de su mujer, en Rábade. O es un chiste, o una equivocación, me dije. Ni una cosa ni otra. El hombre había violado la medida cautelar, dictada por un Juzgado, que le prohibía acercarse a menos de 500 metros de su mujer, que llamó a la policía.
Me impresiona porque se trata, a buen seguro, de un caso de soledad. Se sentiría triste y solitario y no resistió el impulso de llamar a la colega. Carlyle escribió que la soledad exaspera, apaga el corazón y pervierte o debilita las aptitudes. Le pasaría a éste que no pudo resistir y llamó al timbre.
Sé que para llegar a la solicitud de medidas cautelares de alejamiento, tuvo que haber causa grave anterior. Pero, dicho así, eso de tocar el timbre, más que a desobediencia suena a pedir socorro. O a error. Llegas de noche al piso y te equivocas al pulsar el timbre de enfrente, donde vive la vecina de buen ver. Dime cómo le explicas al macizo de ella que se te ha ido el dedo.
En soledad, cada minuto dura una semana. Todos llevamos en el ánimo el latigazo atávico de que nos franqueen la puerta. Por eso, llamamos.
? (redac.lugo@lavoz.es)