El viento

José Ramón Ónega

LUGO

Mientras los políticos discutían sobre la fusión de las Cajas y los cofrades miraban al cielo para desentrañar si podrían salir las procesiones de Semana Santa, escuchaba yo en mi Chaira el lenguaje del viento. No recordaba ya su gemido agudo en el tejado, su lamento triste en los carballos, su poder en las fragas. Era volver al reino de la noche tenebrosa, las leyendas antiguas, el espíritu de los muertos. Ahora no se cree en nada, pero no hace tanto tiempo, las aldeas eran habitadas por fuerzas ocultas, apariciones sorprendentes.

Este viento huracanado y lastimero que estos días mugía poderoso en la noche, eran las diosas de Grecia que determinaban la vida humana y el destino: Láquesis, las cosas pasadas; Clotos, las cosas presentes; y Átropo, las cosas futuras.

Hace tan sólo unas décadas, aún se creía en la Naturaleza como expresión de la vida. El viento, la lluvia, el rayo, eran prueba del mundo extra sensorial. En las gándaras se veían a veces luces misteriosas, se oían golpes en la noche que anunciaban la muerte de algún vecino, o fachos que salían de la misma pila bautismal de la iglesia y se estrellaban en la aira del que iba a morir. Se mostraba la hueste de la Santa Compaña en los caminos, y la Virgen se le aparecía a Avelino López, de Mosteiro, todos los 15 de agosto, en la Serra da Ferradura.

Ahora, las aldeas están siendo abandonadas por los hombres pero también por los dioses. La magia que fecundaba lugares y caseríos ha muerto. Sólo retorna aquel misterio antiguo y cósmico en la voz sagrada del viento. Escuchando la voz poderosa de Eolo he vuelto a los orígenes, a mi niñez, cuando el abuelo era la tele y el viento el oráculo.