¿Qué será de Pol, mi país de colinas? Se van los amigos, los petrucios de la tierra, los que sostenían el solar y el pasado. Hace poco se fue Manolo Tella, ahora Javier Rodríguez, ambos de la parroquia de Silva, donde habitaron celtas y dominaron romanos. ¡Algo de mágico tienen estas tierras sembradas de medorras y castros, sepulcro y huella de los antiguos!
Tella me mostraba el mosaico romano en Doncide, de singular topónimo. Allí, cerca de su casa, la tierra guarda restos de lo que sería residencia señorial romana y, a pocos metros, otro topónimo revelador, el de Sinagoga (sic), que poblarían judíos medievales.
Así supe yo que los hijos de Israel anduvieron por estos pagos y les seguí el rastro, hacia el mar, por Torneiros, Ferreiros, la abacial Meira, Xudán y Ribadeo. Al padre de los Tella, de Gustavo y de Alicia, lo inmortalizó en estatua Juan Puchades, de cazador, en el Campo de Mosteiro, a la sombra heroica de los carballos.
Javier Rodríguez, me mostraba su gaita, que era pasión en sus manos. Sus muiñeiras no envidiaban las del gaiteiro de Soutelo de Montes. Tengo yo que dar el pésame a su familia, y a Ginés, su hermano, pero también a Leña Verde, agrupación musical de Pol que es milagro del maestro Daniel e impulso de Suso Trigo.
La gaita era su vida y lo reconocieron en Vigo. Los carballos de Mosteiro se estremecían al son de esa gaita, que, decía Cunqueiro, es la más hermosa ave cantora del país. En Andión, su aldea, dejaron huella los romanos en campamento militar, al decir de Amor Meilán. Por eso Javier tenía algo de patricio y mucho de amigo.
¿Sin ellos, Manolo Tella y Javier Rodríguez, qué será de Pol, mi país de colinas?