Ni los vientos huracanados ni las lluvias torrenciales están afectando al campamento reivindicativo de los trabajadores de Pascual, situado en una de las márgenes de la N-VI. No destrozan la infraestructura, que se muestra sólida, ni los ánimos.
El centro de operaciones es una carpa de feria que les prestaron, donde instalaron mesas y sillas y en la que cubren turnos de 24 horas, generalmente por secciones. Cuando el tiempo lo permite preparan y clavan alguna de las cruces de madera que colocaron en la carretera para llamar la atención de los conductores, junto con ropa tendida y un muñeco con uniforme de la láctea.
La plantilla mantiene los turnos, en los que, además de jugar a las cartas -están pendientes de que les instalen un televisor- también departen sobre su futuro. Siguen sin recibir noticias y hacen conjeturas sobre las posibilidades que tienen de que alguna de las ofertas que trascendieron salga adelante. Mientras tanto la leche que consumen en el campamento es Feiraco, con la esperanza puesta en que el grupo gallego de cooperativas que lidera y que gestiona financiación para adquirir la planta, sea el que tome las riendas. En cuanto a agua, además de la que cae con ganas del cielo, tienen una partida que les regaló una envasadora de Sarria.