«Para ser un bo hostaleiro é imprescindible quererlle ao oficio»

Benigno Lázare

LUGO

De jubilado le sigue queriendo a la profesión y renunció a beneficios económicos para mantener La Barra

07 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Dando por supuesta la tristeza (muy grande) que le produjo jubilarse y dejar de dedicarle un montón de horas diariamente al restaurante, una de las principales preocupaciones de José Rodríguez Prieto (en adelante, Pepe da Barra, como matizan en los documentos oficiales), era perder los muchos amigos que fue atesorando desde el otro lado del mostrador. Ahora, medio año después de pasar a la situación de segunda actividad, la depresión que lo atacó ya está derrotada y la fidelidad de las amistades, contrastada. Alcanzado el nivel de estabilidad emocional deseado, a disfrutar del tiempo libre que el curre le hurtó durante 38 años.

Como la de muchos compatriotas, su historia es la de una persona que se hizo a sí misma comenzando por el escalafón más bajo y a la edad más temprana posible; más modesta que las que nos cuentan los de Hollywood de los prohombres norteamericanos, pero con tanta épica. Hijo de unos labradores de Freixulfe, en O Valadouro, su padre complementaba los ingresos que el campo escatimaba ejerciendo a tiempo parcial el oficio de maderista. El adolescente Pepe le ayudaba a serrar y a carretar las traviesas de roble hasta Rábade, donde un intermediario se hacía cargo de ellas con destino a las líneas del ferrocarril.

«Eu dedicábame a aquelo aínda que non me gustaba, pero eran uns tempos difíciles e había que traballar en algo». Y ciertamente de maderista trabajó el tiempo imprescindible, porque pronto montó una pequeña sociedad con un hermano mayor y recorrieron las ferias y mercados comprando patatas, alubias y todo lo que se vendiese a precio.

«Pero a mín sempre me tirou moito a hostalería e comecei a ir con tendas polas festas; era unha vida moi dura porque había que levar as cousas en camións que se alquilaban, incluso os da madeira, e nas romerías montábase o tenderete e ao mellor había que dormir e vivir debaixo del dous ou tres días». Quien llevaba esa vida ambulante y dura era un chaval de 15 o 16 años, que con menos de 18 decidió dar otro rumbo a su vida y se marchó a Barcelona.

En la capital catalana empezó a trabajar de friegaplatos en Los Caracoles, cerca de las Ramblas. En Vilanova i la Geltrú trabajó en otro importante restaurante. «Como aínda tiña pouca idea, comecei de axudante de mostrador e marcheime como axudante de comedor, tras 15 meses». Decidido a regresar a Galicia pero sin abandonar el sector, empezó a trabajar en el desaparecido restaurante Las Palmeras, en Cangas de Foz. Era de un vecino que había estado en Argentina y lo quiso llevar para otro restaurante que montó en Tarragona, pero Pepe no aceptó y optó por abrir un pequeño paréntesis en la casa paterna de O Valadouro.

Una de las personas que conoció atendiendo el comedor en Cangas de Foz fue Gil Colmenares, propietario de La Coruñesa, nombre de referencia en la hostelería lucense. Al parecer, le había gustado la forma de trabajar de Pepe y, tras preguntar dónde vivía, lo fue a buscar a la aldea para llevarlo al restaurante de la calle Doutor Castro, en el que permaneció 11 años.

El último cambio

El sitio en el que más años echó era también dónde se había sentido más a gusto. Una oferta muy buena de los dueños de La Barra, que lo eran también de Almacenes San Marcos, fue la causa de que se marchase a la calle de la Diputación como encargado del restaurante. «Mediteino moitísimo porque estaba moi contento e encariñado na Coruñesa, pero a parte económica era moi, moi diferente», recuerda.

Después de tres años de trabajar como encargado, tuvo la oportunidad de hacerse cargo del negocio. A partir de ahí su trayectoria es más conocida y durante todos estos años reformó el restaurante varias veces y compró el local. Como su única hija no experimentó la llamada de las cacerolas, prefirió dedicarse al Derecho, que ejerce en Madrid. Pepe y su mujer, Cristina, consideraron que les había llegado la hora de jubilarse y se plantearon qué hacer con el restaurante.

Las ofertas para alquilarle el local fueron varias y alguna muy sustanciosa, procedente de algún banco. Él quería que continuara siendo restaurante y que siguiese llevando el nombre de La Barra. Por eso el matrimonio que lo regenta ahora seguramente tuvo una grata sorpresa cuando comprobó que el precio establecido era muy razonable, según se desprende de lo que cuenta Pepe.

Aunque la supervisión de la cocina estuvo a cargo de su mujer, las claves para mantenerse tantos años en el nivel alcanzado por esta casa son secretos a voces: en la cocina, tener siempre unos productos de la mejor calidad, y en la profesión, «para ser un bo hostaleiro é imprescindible quererlle ao oficio e dedicarlle moito tempo». El pasaba entre 14 y 15 horas diarias allí; ahora, cuando está en Lugo, va todos los días un par de veces a disfrutar de la tertulia de la Peña do Cuco.

A los nuevos responsables, con los que está muy contento, les dejó los contactos de los proveedores «para que esto siga sendo La Barra».