Subraya que la comarca contibuyó a construir su personalidad, y destaca que en la zona halló gente abierta y cordial
10 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Desde el punto de vista de los reglamentos y los protocolos, a Alfonso Blanco puede corresponderle el título de hijo adoptivo de Terra Chá: los años que lleva en la comarca y la actividad que desde entonces despliega serían las razones que justificarían esa imaginaria distinción. Pero también podría decirse que si fue adoptado, también la comarca a la que llegó hace ya algo más de 30 años fue convirtiéndose en su tierra de adopción, en un territorio adoptado y adaptado a sus trabajos y placeres.
Comenzando por su llegada a Terra Chá, hay que poner una fecha, que no es otra que 1976. También hay que poner unos lugares por los que pasó antes: nació en Uruguay -se siente «fillo da emigración»-, y pasó por Salamanca y por Santiago antes de llegar a Guitiriz. También es necesario hablar de personas, entre las que destaca Miguel Anxo Araúxo Iglesias, decidido a acogerlo en la diócesis tras los problemas que Blanco había tenido en el Seminario de Santiago, «disque por galeguista».
Llegada adelantada
La llegada tuvo lugar un año antes de lo previsto, ya que Blanco tenía intención de pasar un año en Madrid, y en un lugar distinto del señalado en un primer momento, que iba a ser Abadín. Sin embargo, esos cambios no impidieron que el recién llegado pronto comprendiese el perfil de la comarca como «unidade paisaxística e xeográfica».
En la identificación con la comarca influyeron las palabras y las personas. «A poesía -confiesa- axudoume a comprender a Terra Chá». Pero esas palabras no procedían de lugares remotos y de autores desconocidos sino de gentes como Manuel María o Xosé María Díaz Castro, que convirtieron la tierra natal en materia poética y con los que entabló relación persoal. Al primero lo considera casi un santo «pola súa xenerosidade e pola súa entrega» a Galicia, aunque sin dejar de verlo como «un gran escritor». Al segundo lo alaba por la síntesis entre pensamiento y arte que logra transmitir en sus poemas. A los dos los unió él en cierto modo, ya que los presentó.
Siguiendo con personas, Blanco afirma que los chairegos, ya de entrada, le parecieron «unha xente máis aberta ca a doutras comarcas». Quizá la llanura que se encuentra con pocas elevaciones internas en su extenso terreno interior explique, dice, ese carácter de la gente, a la que también pone el calificativo de «cordial».
Amplia actividad
Pero las palabras y las descripciones no ocultan otro aspecto, el narrativo. La narración, en este caso, incluye las actividades emprendidas en los más de 30 años de vida chairega, con el festival de Pardiñas como elemento más destacado. Las dudas sobre el certamen, del que no se quería que fuese solo «flor dun día», son hoy una certeza: ha logrado consolidarse como cita destacada del verano gallego, ha reunido y reúne a artistas destacados y ha conseguido de la Xunta el reconocimiento de Festa de interese turístico; por tanto, parece, más que flor esporádica, jardín bien conservado.
El festival es la faceta más destacada de Xermolos, que se ocupa también de asuntos como la cabalgata de Reyes o la Casa das Palabras, a cuyas instalaciones acuden a diario personas de edades variadas. Blanco destaca que una buena parte de los usuarios son jóvenes, y advierte de que las instituciones no solo deben programar actividades para niños y mayores sino también para la juventud, acercándose a ella sin imposiciones.
Acercarse a los de las zonas urbanas es también, en opinión de Blanco, lo que han hecho los jóvenes rurales en estas últimas décadas: vestir con las mismas marcas, escuchar la misma música o compartir las mismas conexiones frente al ordenador o el móvil eliminan conceptos como distancia o diferencia.
Construcción de sí mismo
La palabra oral, la de los usuarios, y la escrita, la de los libros y textos variados, definen un espacio, la Casa das Palabras, cuya importancia ya va recogida en su denominación. Y agrega que «Xesús de Nazaré é a palabra feita carne».
Con tantos años, pues, la condición de chairego ya va con Alfonso Blanco, aunque llevarla no sea un peso sino todo lo contrario. Por un lado, dice, está la «razón obxectiva» de que lleva viviendo más tiempo en Terra Chá que en en otro lugar. Por otro, los hallazgos: «Tiven a sorte de atopar elementos que construíron a miña personalidade. Axudoume -dice- a ser persoa».