El entusiasmo de cada día

Xosé María Palacios Muruais
Xosé María Palacios CASTRO DE RIBEIRAS DE LEA

LUGO

FOTOS: PALACIOS

En directo | En una unidad de daño cerebral Las instalaciones de la Cruz Roja de Castro de Ribeiras de Lea tienen una residencia y un centro de día en los que se enseñan cuestiones de aplicación en la vida diaria

14 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

David está sentado frente a un ordenador en cuya pantalla se ve un juego que le plantea algunas preguntas: una de ellas consiste en decidir qué palabras de las que aparecen son frutos secos. La monitora, Verónica Santín, lo acompaña al lado. La escena tuvo lugar el pasado miércoles; pero el aprendizaje y la supervisión de la monitora se desarrollan a diario, como cualquier otra actividad docente. El lugar, sin embargo, no es un centro cualquiera: estamos en la unidad de daño cerebral que funciona en Castro de Ribeiras de Lea, atendida por la Cruz Roja. Una residencia que acoge a 29 personas y un centro de día al que acuden 15 -David, cuyo nombre es real, es una de ellas- son los destinatarios del trabajo de un amplio grupo de profesionales: dos enfermeros, 11 cuidadores, un fisioterapeuta, un logopeda, dos monitores de talleres, un educador y un médico forman la plantilla que coordina Esther Engroba, psicóloga y responsable del centro. Parálisis cerebrales, enfermedades neurodegenerativas o daños cerebrales son las patologías que sufren tanto los residentes como los externos que utilizan el centro de día. Los primeros proceden de toda Galicia; los segundos vienen de municipios más o menos cercanos -Lugo, O Corgo y Vilalba son algunos de ellos-; llegan en autocar divididos en dos grupos, y comparten actividades con los primeros en el tiempo que pasan en el centro, entre las 10 o las 11 de la mañana y las cinco y media de la tarde. Fisioterapia, informática -introducción a Internet incluida-, logopedia, rehabilitación neurocognitiva, cerámica o jardinería son algunas de las actividades que se desarrollan de la mañana a la tarde, con pausas y descansos. Las mañanas se dedican a las que requieren más concentración, y las tardes, a las más relajadas. Todos ellos son personas mayores de edad -su edad media ronda los 35 años- si bien la directora, Esther Engroba, explica que se puede admitir a un menor de edad en casos muy justificados -el fallecimiento de su cuidador sería uno de ellos-. Uno de los aspectos que singularizan el aprendizaje de residentes y de usuarios es que su duración no tiene fecha de terminación. Lo que diferencia a unos y otros es que los primeros continúan con talleres -el de elaboración de abalorios es uno de ellos- y con juegos -dominó o ajedrez- cuando los primeros vuelven a sus casas. Las aprendizaje tiene una clara finalidad práctica, dice Engroba, que recuerda cómo varios usuarios aprendieron a utilizar sillas de ruedas eléctricas: «Son cosas que pueden aplicar en otros lugares, por sí mismos», dice. ¿Y cuál es la clave de los que enseñan? «Aquí hace falta una dosis especial de entusiasmo. Tienes que tener las pilas cargadas, es fundamental», afirma. Recorriendo el centro, no parece que esas pilas corran riesgo de descargarse.