Entrevista | Otero-Yglesias Tiene tendencia a recorrer los caminos al revés: comenzó ganando premios en otras comunidades y en otros países y pasó de lo abstracto a la figuración
08 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.La frecuente visita a los museos y la constante lectura de libros de arte fueron dos de las asignaturas a las que Jesús Otero-Yglesias dedicó más tiempo. Luego vendría la estancia en el extranjero. Ahora vive en Madrid dedicado de lleno a pintar. -Su filosofía creativa tiene un pilar asentado en la dualidad de la realidad. ¿No cree que siempre hay algo que lo convierte todo en relativo? -Me interesa buscar una conciliación entre los posibles opuestos porque parece que todavía estamos enfangados en la filosofía aristotélica del principio de exclusión, de que las cosas son o esto o lo otro. -Lirismo e ironía son dos conceptos aplicados a muchos artistas, entre los que se encuentra usted. ¿Lo lírico sirve para restarle acidez a lo irónico? -Creo que lo lírico permite incluso que penetre un poco más la ironía. Por el lado irónico se puede originar algún rechazo inconsciente, pero lo que es lírico, hermoso, que juega con el viejo ideal de la belleza, es algo que resulta muy atractivo y que siempre buscamos. Digamos que hace más agradable el viaje. -¿Cómo un lubricante? -Sí, exacto. -Dedicó una muestra en el Provincial a los museos como lugares de exposición. Las vanguardias y los avances artísticos no se detienen pero, ¿las salas y galerías de exposición en general evolucionaron de forma paralela? -No, al menos en la mayor parte de los casos. Hay varias causas y una es la propia formación de los galeristas, que es muy escasa porque a veces empezaron como coleccionistas y otros lo llevan como una inversión, que no hacen más que seguir modelos antiguos e incluso ancestrales. Otro problema está relacionado con el estatuto de obra de arte, que es un poco raro porque tiene una parte de mercancía, como el valor y el precio, pero no es como las demás mercancías. En el caso de las galerías, muchas están muy preocupadas por recoger dinero lo antes posible, cuando son cosas que hay que gestionar con mucho tiempo. Los museos cada vez más tienden a intentar conseguir un público que tal vez sea refractario al arte contemporáneo, sea porque no lo entiende y le resulte incomprensible o por temor a que le tomen el pelo. Hay muchos directores de fundaciones y de museos que buscan capturar al público como sea, si es preciso con exposiciones de motos Harley. Se notan mucho también las dificultades que hay para adaptar exposiciones de instalaciones y vídeo, aunque ahora están de moda por una cuestión de movilidad y economía, pero en el fondo se siguen sin admitir ni reconocer. -Usted hizo exposiciones y consigió premios en España y en el extranjero. ¿Tienen un sabor diferente los de aquí y los foráneos? -Si, porque son cuestiones emocionales distintas. Dentro puedes ser más querido pero a lo mejor, justamente por eso, puedes ser más rechazado, sin embargo, en principio fuera ese juicio siempre parece algo más neutro. En mi caso, empecé a conseguir algún pequeño éxito fuera de Galicia o de España y eso resulta muy halagador. De todas formas, al mismo tiempo enseguida te preguntas que a ver cuándo te dan algo en Galicia o en Lugo. Al final, aunque vaya bien fuera, uno quiere ser reconocido en su tierra y por su gente. -¿Aprovechó la beca de Unión Fenosa para poner una pica en Flandes? -Sí; incluso la puse más allá de la metáfora, porque era un trabajo sobre verticalidad y horizontalidad. Había un elemento sorpresa que era como barras y que realmente eran picas, una especie de lanzas como las de La rendición de Breda . -¿Cuánto le debe la pintura y la historia del arte a los Países Bajos? -Mucho y no sólo por la representación, sino también por la libertad de mercado, porque fue en Holanda donde empezaron los burgueses a comprar arte, que hasta entonces sólo podían hacerlo los papas, los reyes, los príncipes y la clase noble. Temáticamente, los artistas ya no tenían que estar pendientes de los asuntos que le interesaban a la realeza, que estaban muy rancios. -¿Y usted cuánto les debe a esos países? -Mucho, porque antes de viajar allí estaba en una época un poco endogámica y empezaba a ser algo reiterativo e incluso autolimitado por los elogios de los que me aprecian. No empecé de cero, porque ya tenía una serie de convicciones sobre lo que quería hacer, pero sí fue un «recomienzo». «EL HOGAR DE LOS CARPINTEROS». Luz, espacio, forma o color son cuestiones imperecederas en pintura, pero también lo son algunos temas clásicos, como los religiosos, que Otero recreó.