La clave para que un mismo producto, el combustible, tenga un coste distinto en cada lugar es la formación del precio. El consumidor que acude a una gasolinera con su vehículo está pagando cuatro precios en uno. Por un lado, el coste del crudo y de los bienes en el mercado internacional, dos factores a los que todos los países no productores de petróleo deben someterse. Estos precios dependen de infinitas situaciones: revueltas sociales, conflictos bélicos, innovación tecnológica, estabilidad monetaria, o simplemente ventas de pescado, pero de todos los países del mundo. Sobre todo de las economías de los mayores productores del crudo reunidos en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Además de estos factores a nivel mundial, a la hora de pagar el depósito, influyen los impuestos vigentes en cada país y los márgenes de distribución y comercialización del combustible. Los primeros los fijan las autoridades estatales y autonómicas. La carga impositiva española sobre los carburantes es menor que en la mayoría de los países de la Unión Europea, siendo Holanda y Reino Unido los que ejercen mayor presión con el crudo. Sin embargo, a nivel estatal las diferencias son amplias. De hecho Galicia es la región con el combustible más caro si se incluyen las tasas. Los márgenes son marcados por las empresas en función de la localización geográfica (cercanía a la costa o a una refinería, precio del suelo para su instalación), promociones locales, existencia de competidores o consumo en la zona; en definitiva el empresario busca un beneficio y como el combustible afecta al grueso de la población tendrá muchos factores en cuenta para establecer un precio final rentable.