El del transeúnte cobija diariamente a una veintena de nómadas solitarios y lugareños indigentes «Nadie o casi nadie viene a comer aquí si no tiene necesidad», afirma la encargada del «Fogar do transeúnte» municipal para justificar que no pidan ningún tipo de justificante, salvo el de la policía, para poder pasar tres días en él. De esta actitud se puede deducir que la gente no le echa tanto morro a la vida como parece, y, desde luego, no significa que la comida sea mala o las instalaciones inadecuadas. Todo lo contrario; la comida es «como la de casa» y la limpieza pasa la prueba del algodón.
01 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Es casi la una de la tarde y Jesús, un castellano de mediana edad, entra por la calle Chantada a las instalaciones de la Diputación, en uno de cuyos inmuebles funciona el Fogar do transeúnte del Ayuntamiento de Lugo. Llaga algo pronto porque la comida es a la 1.30, pero prefiere esperar en el exterior, sentado en un banco. Hace algo más de un año ya había estado otros tres días en Lugo y guarda buen recuerdo. En esta ocasión llegó el día anterior por la tarde, tras una dura jornada de viaje en coche y a pie, por lo que, según dice, tenía necesidad de asearse y comer un plato caliente. Mientras espera, por la ventana de la cocina sale un intenso olor a carne asada que le estimula aún más las papilas gustativas. Ese día hay de menú lentejas y costilla asada, como en cualquier otro hogar de Lugo. Algunos días lo hacen casi en silencio, aunque otras veces se entabla una animada conversación entre los comensales más charlatanes o que ya se conocían. Por término medio, llegan al hogar unas 20 personas al día y, según explica la encargada, Remedios Martínez, calculan la comida para el día siguiente en función de las personas que acudan a dormir, y le añaden algunas raciones más. Casi todos son transeúntes, pero también tienen ocho lucenses que van todos los días a buscar la comida y la llevan a sus casas. A veces acude alguna mujer que abandonó el domicilio tras recibir malos tratos, sin embargo la mayoría son hombres, ahora con una media de edad más baja que hace años. Tras la comida, cada uno se dedica a buscarse la vida o a lo que quiera, hasta las 7.30 de la tarde, hora de la cena. No hay un horario establecido para acostarse y el centro dispone de un salón para ver la televisión, si bien pasada la medianoche ya deben estar todos en la cama, porque por la mañana los despertará el vigilante antes de las 8. Tras asearse y desayunar, a las 9 se marcharán. La encargada, que lleva 19 años trabajando en estas instalaciones, no es muy proclive a hablar de las circunstancias de los transeúntes. Sin embargo, confirma que hay cambios notables, como la disminución de la edad media y de la presencia de inmigrantes. También es más regular el número de estancias durante todo el año, aunque en San Froilán y en agosto siga siendo algo mayor.