MARÍA CUADRADO EN DIRECTO Dos inmmigrantes de Guitiriz y un retornado fonsagradino relatan sus experiencias en otros países
09 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La nacionalidad española es una meta a conseguir o una herencia de la que beneficiarse. La lentitud de los trámites burocráticos retrasa el crecimiento de los censos poblacionales lucenses, que lustro a lustro amenazan con una provincia donde el agro agoniza y los padrones de habitantes no se recuperan. Héctor Darío Martínez Agramonte tiene 18 años, y desde hace dos vive en Guitiriz con su madre. Motivos familiares le llevaron a descubrir esta localidad, donde ha continuado sus estudios, asiste a clases para conseguir el carné de conducir y comparte sus cafés y ratos de ocio con su novia y amigos. «Aquí se vive muy bien, porque vés que te aceptan. En el instituto me ayudaron mucho a integrarme, y en general, la gente es agradable». No obstante, para este nacido en la República Dominicana, no es fácil olvidar la tristeza que le inundó la primera noche que pasó en Guitiriz, «lejos de mis hermanos y de mi abuela». A su edad no es difícil relacionarse con jóvenes oriundos de A Chaira, ni tampoco con otros colegas que han encontrado sustento trabajando en granjas y empresas de la zona. Héctor atisba un futuro próspero. No sabe si en Guitiriz, Lugo o Madrid. Quién sabe. Lo único que tiene claro es que su dependencia está ligada a la de su progenitora, que no dejará de ganar «unos ahorritos» ayudando a un amigo a repartir sofás, y que una de sus metas es la de convertirse en un electricista más del sector. Con el idioma gallego no tiene problema: «en el instituto, cuando hice segundo de ESO y un curso de Garantía Social, me ayudaron mucho». Tampoco con la comida tradicional, aunque halaga las habichuelas con arroz que prepara su madre, su cocinera preferida. La situación de Héctor es bien distinta a la del ciudadano ecuatoriano William Espinosa. Vive en A Moscosa, también Guitiriz, y no se conocen. William nació en Bucay, en la provincia de Guayaquil, y llegó en mayo del 2000 a Lorca (Murcia), donde convivió con su hermano. En busca de trabajo, tomó el mapa y decidió cruzar el país orientado por un amigo. Su trabajo en Parga no le contenta, a diferencia de la amistad que mantiene con sus compañeros de piso; un matrimonio y dos chicos más. Posibilidades William Espinosa sabe de las posibilidades agrarias de Ecuador, pero también ha sufrido el peso de los bajos salarios y de la falta de servicios. Sus padres continúan allí, pero él, con 24 años, prefiere retar a las heladas galaicas y no cesar en su intento de buscar un trabajo en Galicia. Se sabe limitado, pero confía en sus ganas por trabajar y abrirse camino en un país «que en mi tierra, es de esperanza». Añoranza Y ¿quién ha dicho que el tango no es invento de gallegos? Armando Tejedo López, natural de Santa Juliana (A Fonsagrada), no lo sabe. Pero no sufre por ello. Durante años añoró su casa y hoy, medio siglo después de emigrar a Argentina, su sueño se ha cumplido. En su hogar, junto a su madre centenaria, recuerda como a los 28 años probó suerte con una fábrica de cigarros, negocio que cambió por un ultramarinos -que regentó durante 20 años- y una panadería. Con la jubilación llegaría la ilusión por probar el butelo, pero las preferencias de su esposa le obligaron a permanecer en la quinta provincia gallega. En 1991, ya viudo, regresó. «Allá me queda un hijo, y estamos viendo lo que nos pueden dar por la casa para venderla el día que se pueda». Armando justifica la deuda de Argentina con los gallegos: «construimos calles y dotamos de servicios a los barrios, los extranjeros levantamos el país en ese momento». Envió «plata» a sus padres y 5 hermanos, y cuando se le pregunta por la llegada de inmigrantes a Galicia pide control «porque este país no tiene suficientes infraestructuras».