Inmolado por querer a su hija

La Voz

LUGO

XOSÉ CARREIRA CRÓNICA El hombre que se quemó a lo bonzo había retirado todos sus ahorros del banco para dejárselos a la pequeña

11 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La separación matrimonial, hecho ocurrido hace unos tres años y la pérdida de la custodia de su hija, fueron dos cócteles letales contra las neuronas de José P. C., el lugués que el miércoles por la noche se inmoló poco antes de que los principales espadas de la política española comenzasen sus discursos electorales en el Gustavo Freire. Este padre tenía para todos otro mensaje muy diferente: «Quiero a mi hija». Lo planificó todo. No fue algo que urdió en su cabeza de forma precipitada. Todo lo contrario. Desde hacía días venía fraguando la macabra idea de quemarse en vivo. No tuvo claro el momento hasta el mismo miércoles por la mañana cuando, después de tomar el café, se fue como casi todos los días a la bilioteca de su barrio para echar un vistazo a los periódicos. Cuando recorría las páginas electorales se encontró que Aznar y Fraga estarían juntos en un mítin muy cerca de su casa. Pensó que esa su gran oportunidad para llamar la atención y reclamar que se hiciese justicia. En la misa No hay duda de que quería quemarse porque en los días anteriores al miércoles ya había comentado a los amigos sus planes. Pretendía hacerlo en la catedral de Lugo o en la de Santiago. En la lucense pensaba inicialmente en prenderse fuego durante la misa mayor de esta mañana. ¿Porqué en las catedrales? Sus amigos no tienen ninguna duda: era una forma de protestar contra las religiosas que se ocupan de la casa de acogida de Viveiro donde está su hija. Él creía que las monjas eran las responsables de una especie de secuestro de la pequeña al no permitírsele verla más que una hora a la semana. Lo que quizás no entendiese José P. era que las religiosas cumplían estrictamente las disposiciones de Familia. Este padre desesperado también descargaba sus iras contra la citada consellería. José sacó todos los ahorros que tenía en el banco y los ingresó en una cartilla a nombre de su hija. La libreta se la entregó a un amigo para que la custodiase y, posiblemente, se la hiciese llegar a la chiquilla cuando ésta tuviese edad para retirar el dinero. «Intentaba gastar lo menos posible para tener para su hija», comentó un amigo. Con algo más de cuarenta mil pesetas que tenía de pensión, comía, pagaba la casa e, inlcuso, conseguía ahorrar. Cerrada la operación bancaria, el miércoles por la mañana se presentó en el negocio de un amigo con una gran papel enrrollado. Era la pancarta que, posteriormente, le sirvió para envolverse y prenderse fuego. «Por la tarde me voy a quemar. Dame una garrafa de plástico», dijo José. Quien escuchó estas palabras, realmente no le prestó demasiada atención porque estaba acostumbrado a este tipo de amenazas. Anteriormente, sus ideas destructivas pasaban por tirarse desde el puente de A Chanca. Quería fotos El padre de la pequeña llegó, incluso, a plantear a sus amistades que le acompañasen y que hiciesen fotos para repartirlas posteriormente a los periódicos. «Él quería, ante todo, denunciar públicamente su situación», indicó uno de sus allegados. Por la tarde, sobre las siete y media, se presentó a las puertas del auditorio. Pretendía entrar y ver a Fraga pero, como no le permitieron el acceso, se dio la vuelta y muy cerca de la biblioteca municipal, se enrolló la pancarta, se roció con gasolina y acabó quemándose vivo, a lo bonzo. En opinión de algunas personas que le conocían, José arrastraba problemas psíquicos desde su separación. De vez en cuando, tenía que acudir al servicio de Urxencias del hospital donde era muy conocido. «Ás veces andaba como unha almiña en pena», comentó una vecina suya. «No era un loco. Lo pusieron», advirtió un vecino de A Milagrosa que aseguró conocer perfectamente a este hombre, que quiso ser noticia de alcance nacional. Finalmente José intentó pagar con su vida antes de seguir alejado de la persona que más quería en este mundo y que es su hija.