monforte / la voz

Uno de los mejores defensas de la historia del Club Lemos fue Enrique Rodríguez Veiga «Quico». Este vigués llegó a la entidad con 28 años y estuvo un lustro. Fue todo un lujo contar con un futbolista de estas características, que ya había tenido que lidiar con uno de los mejores jugadores de la historia, Alfredo Di Stéfano. «Fue en un partido de la copa del generalísimo que jugué con el Celta contra el Español, que era donde estaba la saeta rubia», recuerda.

Quico nació en Vigo hace 75 años. La primera patada a un balón la dio con 5 años en el barrio de Coia. Ahí, el barbero y el tabernero de la calle crearon un equipo que se denominó San Martín de Coia, en el que jugó el lemista. Ganaron el campeonato de Vigo y el gallego, y las actuaciones de Quico no pasaron desapercibidas para los técnicos del Celta, que lo incorporaron al equipo juvenil -llegó con 13 años-.

El Celta fue el escaparate perfecto para Quico, que llegó a la selección gallega, en la que compartió vestuario con el barcelonista Quique Costas y el valencianista Manolete. Con 18 años subió al primer equipo del Celta de la ano del entrenador, Joseíto. Pero las lesiones se cebaron con el lemista, que tan solo pudo disputar nueve partidos en dos campañas. «Los problemas en los isquiotibiales eran continuos. Incluso me llevaron al balneario de Mondariz, pero no hubo forma. Creo que fue una cuestión psicológica», afirma.

Su marcha de Galicia

Tras su paso por el Celta fichó por el Cádiz, donde coincidió con Tucho de la Torre, al que después tendría como compañero en el Lemos. Tras su experiencia en el conjunto gaditano fichó por el Jaén y desde ahí al Palencia. «Eran equipos de Tercera División, pero puedo decir que ahí gané más dinero que en el Celta y Cádiz juntos. En el Palencia ganaba 300.000 pesetas más primas, que entonces ya te llegaba para comprar un piso», asegura.

En la última temporada en el Palencia le llegaron cantos de sirena del Burgos, entonces equipo de Primera División, pero ahí la opinión de su esposa, la monfortina Loli, hizo que Quico tomara la mejor decisión de su vida: fichar por el Lemos. «La oferta del Burgos llegó con la propuesta de la Caja de Ahorros de Galicia. Mi mujer me dijo que lo mejor era lo segundo, porque si me iba al Burgos sí tendría unos buenos años, pero después lo que tocaba era montar un bar. Me vine a Monforte a trabajar a la Caja y acerté», indica.

En el Lemos marcó una época. Hizo muy buenas migas con Pallín, Torres, Mosquito, Robles y Lora. Su ascendencia sobre la plantilla era importante, y de hecho fue capitán. Destacaba por su personalidad, entrega y compromiso. De hecho, en varias ocasiones ejerció de entrenador-jugador. «Compartí este cometido con Tucho de la Torre. Yo dirigía los entrenos durante la semana y el venía el viernes y definía el once inicial», puntualiza.

Quico era un defensa elegante. Jugaba como central y como lateral, tanto izquierdo como derecho. Iba muy bien de cabeza, era rápido y expeditivo. «Subía más de 40 veces al ataque, porque disfrutaba mucho asistiendo», asegura. A pesar de sus 1,72 metros, el vigués no se amilanaba ante delanteros corpulentos y robustos. Su especialidad eran las jugadas a balón parado y los lanzamientos de penalti. «En mi carrera tan solo fallé uno. Los lanzamientos, con previa paradiña, eran auténticos obuses, y los tiraba siempre por el mismo lado», asevera.

Quico está muy agradecido a todos los entrenadores que tuvo. «Picho Suárez, Pontoni, Pintos y Tucho de la Torre marcaron mi carrera, al igual que Joseíto», señala.

Quico fue uno de los pocos futbolistas de la historia del Lemos que participó en reuniones de la junta directiva. «En el campo tenía que poner orden algunas veces y siempre animaba al equipo. Un año asistí a las reuniones de las directivas, pero fue lo peor que pude hacer. Me encontré con directivos que no tenían ni idea de fútbol, y lo peor fue cuando echaron a Pallín y a Mosquito. Les exigí que rectificaran la decisión, pero no hubo manera», dice.

El mejor recuerdo que tiene del Lemos fue el partido que disputaron en Mérida, donde se aseguraron la permanencia. «Fue lo máximo. Nos hicieron una encerrona, pero dimos el callo y no nos amilanamos. Y eso que algunos en Monforte dijeron que nos habíamos hecho el longui. Recuerdo que en Quiroga y en Monforte nos recibieron como si fuéramos campeones de Europa. La mejor afición que tuve fue la del Lemos», añade.

Quico tiene buenos recuerdos de San Mamés. «Fue un campo que me impresionó, y recuerdo que en un partido que jugamos contra el Bilbao Athletic estaba Javier Clemente», indica.

Su matrimonio

La vinculación con Monforte le llegó por su boda con Loli, a la que conoció después de unas semifinales de copa Galicia entre el Lemos y el Arenteiro. «Estaba en el Celta, pero pedí permiso para disputar la copa con el Arenteiro a través de Herminio, un amigo. Cuando llegamos a Monforte quedé impresionado por el castillo y por la afición», señala.

Al acabar el choque, Quico pernoctó en Monforte con el presidente del Arenteiro. «Salimos de noche, y como conocía gente, me presentó a un grupo de mujeres. Allí estaba Loli. Estuvimos bailando. Después, el presidente y yo nos fuimos a dormir a la Estación, porque al día siguiente había que coger el tren para Vigo», afirma. Pero se quedaron dormidos y perdieron el tren, por lo que pasaron el día en Monforte, donde se encontraron de nuevo con Loli. «Era profesora y nunca salía, pero ese día sí lo hizo, y desde entonces ya sumamos 50 años juntos», concluye.

Tras el Lemos, Quico jugó en la Sarriana, donde se retiró. Entrenó a este equipo, al Outeiro de Rei, al Meira, a la Milagrosa y al Capilla. Hoy está dedicado a su hijo Mauro y a sus nietos.

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El lemista que jugó contra Di Stéfano