Un bróker en la City, bodeguero en la Ribeira Sacra

El estadounidense Zachary Elfman deja su trabajo de asesor financiero en Londres para elaborar vinos en Taboada

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MONFORTE / LA VOZ

Podría ilustrar el tópico del mundo al revés. Mientras una legión de jóvenes gallegos emigra a Londres, Zachary Elfman deja atrás la comodidad de los edificios de oficinas de la City para empezar de cero en la Ribeira Sacra. Su trabajo de asesor de inversiones en la capital inglesa forma parte de una historia de la que prefiere pasar página. Desde hace un par de meses, afronta riesgos que nada tienen que ver con los financieros. No le preocupan las turbulencias de los mercados, sino acertar con la fecha de la vendimia. En un recóndito paraje de Taboada, donde las viñas en bancales se adueñan de las suaves laderas del Miño, cumple su sueño de convertirse en bodeguero.

Zachary Elfman nació en Boston hace 31 años, pero se considera californiano. «Mi familia se instaló en California cuando yo tenía seis años. Allí surgió mi pasión por el mundo del vino» explica. La fundación de las principales ciudades de ese estado norteamericano por religiosos españoles, a finales del siglo XVIII, inspira la etiqueta que tiene pensada para sus vinos. Mission será su nombre, pero tendrán poco que ver con los cabernets y chardonnays de bodegas de Napa o Sonoma que acompañaban las cenas familiares.

Su llegada a la Ribeira Sacra se cocinó durante un viaje enológico por el noroeste de España. «Antes había estado en bodegas de Sudáfrica y Argentina, pero buscaba otra cosa. Vinos no tan maduros, menos alcohólicos, sin tanta madera». Junto a su compañera, que es española, peregrinó por viñedos de diferentes zonas. Bierzo, Valdeorras, Ribeiro... Y finalmente Ribeira Sacra, donde decidió echar anclas impactado por la fuerza del paisaje. «Me gustan los vinos más frescos y elegantes, no tan fuertes, por eso quiero hacer algo aquí», apunta Zach.

Por ese diminutivo le conocen en la nueva bodega que prepara el enólogo chantadino Roberto Regal en las proximidades de Ponte Mourulle, paso obligado para sortear el Miño entre las riberas de Taboada y O Saviñao. Allí se elaborarán desde esta vendimia los vinos acogidos al proyecto Enonatur, procedentes de distintas microparcelas que se cultivan en ecológico. Entre ellos estarán los de este economista reconvertido a viticultor, que se enteró casualmente en una casa rural de Parada do Sil de la fórmula de alquiler de viñedos ideada por Regal.

En la bodega de Ponte Mourulle se respira el frenético ajetreo propio de los prolegómenos de la vendimia. Roberto Regal no para de atender llamadas en el móvil. Anota en su libreta grados alcohólicos, acideces y kilos de uva. Durante varias semanas, no se hablará de otra cosa. Algo menos estresado, Zach acomoda las cubas en el espacio destinado a la crianza de la nueva bodega. Todas las barricas tienen varias cosechas sobre sus duelas. La madera nueva está vetada. «No me interesan los sabores del roble. Busco en la madera oxigenación, un vino con más vida en el tiempo, con algo más de complejidad», explica.

Algo más creativo

Llega la hora de la foto para el reportaje, en un viñedo próximo, con el extraño puente que cruza el Miño de fondo. De camino, pregunta por las distintas variedades de vides que salen a su paso, por su antigüedad, por lo que aporta al vino cada una de ellas. «Es un cambio fuerte y todavía estoy aprendiendo. Pero necesitaba hacer algo más tangible, más creativo. Las finanzas son un mundo demasiado abstracto», comenta Zach. Londres, insiste, «es una ciudad fenomenal». Pero está convencido de que sale ganando con la mudanza. «Aquí estoy feliz. A mi edad, no podía esperar mucho más si quería hacer un buen vino», dice de regreso a la bodega.

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