En 1994, el plan era consolidar en esa zona algo similar a un barrio de viviendas sociales. Lo que se consolidó fue otro poblado chabolista
29 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.El barrio de chabolas de As Lamas nació en 1994 como una solución provisional. Para poder derribar el edificio ruinoso de la antigua cárcel de A Pinguela, el Ayuntamiento necesitaba darles una alternativa a las familias que malvivían allí. Unos pocos se fueron a vivir a pisos en diferentes puntos de Monforte, pero la mayoría se marcharon al terreno municipal de detrás del campo de la feria. Les dieron material para que se hiciesen unas pequeñas viviendas prefabricadas y allí se instalaron. «La idea era aprovechar ayudas de la Unión Europea y la Consellería de Familia para reconocer las carencias de estas familias y humanizar su situación», recordaba esta semana el entonces alcalde, Nazario Pin, citado como testigo en el juicio contra dieciocho chabolistas de As Lamas que terminó con cuantiosas multas por enganches ilegales a la red eléctrica.
Se trataba de consolidar en ese solar municipal del barrio de As Lamas algo similar a un enclave de viviendas sociales. Pero Pin asegura que aquel proyecto se topó con el problema de que ese suelo es no urbanizable. Allí no se podía construir nada permanente, así que los desalojados de A Pinguela acabaron cambiando un edificio en ruinas por unas endebles casetas de madera con techo de uralita. «Los mayores dormían encima de unos palés», recordaba esta semana uno de los chabolistas, que tenía 6 años cuando se montó el asentamiento.
Casas para nuevas parejas
Él y los otros 68 residentes en As Lamas viven hoy en un poblado distinto de aquel. Está en el mismo sitio, pero su aspecto es diferente. Aguantaron años en los precarios barracones de madera que se hicieron con el material que les había proporcionado el Ayuntamiento en 1994. Hasta que una parte de ellos se vinieron abajo durante un temporal en el 2002. Poco después, Ayuntamiento y Xunta cambiaban aquellas barracas por nueve casetas metálicas como las que se utilizan como vestuarios en las obras. Más recientemente llegaría el asfaltado de la mayor parte del terreno.
Aquellas nueve chabolas metálicas siguen aún hoy la base del asentamiento, pero el poblado ha ido creciendo a su alrededor. «Cuando se forman nuevas parejas y tienen hijos, lo hablamos entre todos y construimos una casa para ellos», cuenta Soledad dos Santos. Ella tenía 15 años cuando se formó el poblado. Ahora vive con su marido y sus dos hijos en una de las cuatro chabolas nuevas, de planta baja, paredes de ladrillo, tejado de uralita y unos sesenta metros cuadrados.
Casi todos viven de subsidios. La mayoría cobran la Risga y los que no lo hacen es porque reciben ingresos por pensiones no contributivas. Solo una de las familias tiene un trabajo más o menos estable, aunque casi todos sacan algún dinero extra de la venta de chatarra.
De cara al futuro, ellos parecen tener más interés por mejorar su situación allí que por cambiar las chabolas por pisos o casas en otro lugar. Dolores dos Santos, una de las adultas más jóvenes del poblado lo tiene claro: «¿Marcharnos a otro sitio? Solo si lo hacen bien, no nos vamos a arriesgar a que pase lo mismo que cuando nos trajeron aquí en el 1994».