Los coches como objeto de estudio y de reparación

Xosé María Palacios Muruais
xosé maría palacios VILALBA / LA VOZ

LEMOS

De Antonio Barja puede decirse que ha sabido combinar en su vida la obligación con la devoción. La obligación es la profesión de mecánico de automóviles, en la que empezó como empleado en su juventud para luego convertirse en empresario. La devoción es la de los coches, con los que no solo tiene la relación de quien se ocupa de venderlos y de repararlos sino también la afición por conducirlos. De Juan José Barja, su hijo, también puede decirse que el entorno acaba animando a uno a tomar decisiones que quizá no se expliquen con razones llenas de argumentos: comenzó yendo al taller de su padre con pocos años, y ahí debió de caer dentro de él la semilla de amor a la mecánica.

El padre dice que el mundo de los vehículos le gustó desde siempre. Fuese cual fuese la razón exacta de ese interés, lo cierto es que siendo poco más que un adolescente empezó a trabajar en un taller de Vilalba. Entre motores fue aprendiendo el oficio, cuyo conocimiento adquirió más allá de las horas de trabajo, con cursos a los que asistía o que incluso seguía por correspondencia: «Sempre tiven ganas de mellorar», explica como justificación de su trayectoria.

Entre su etapa de aprendiz de mecánico y de mecánico dueño de su taller, en la que lleva ya 26 años, hubo un punto intermedio, el tiempo transcurrido en una empresa de San Cibrao, en la que trabajó de mecánico, de conductor y de soldador. El reto de iniciar la faceta empresarial estaba en cierto modo atenuado por la tranquilidad de que podría volver cuando quisiese a la empresa de la que se había ido. En esa firma no solo había dejado buenas relaciones personales sino que también había logrado un conocimiento de estructuras metálicas que le sirvió para montar el taller.

Situado al lado de la N-634, entre A Xesta y el casco urbano de Abadín, el taller tiene una clientela que tanto procede de A Mariña como de Terra Chá. La clave de la continuidad parece clara, al menos por lo que Antonio Barja explica: «Nestes núcleos pequenos, o importante é facer as cousas ben e dar confianza á xente que te rodea: o demais -dice- vén só».

Aunque esa parte del trabajo llegue sola, lo curioso es que Antonio Barja no iba solo al trabajo: su hijo se aficionó a estar desde pequeño entre coches, y ese ambiente en el que se crio ha pasado a ser con naturalidad, tras cursar estudios de Mecánica, el mismo en el que trabaja. Cabe decir que es el ambiente en que trabaja y trabaja bien, pues al preguntárseles quién de los dos es mejor mecánico, se adelanta a responder: «Hoxe é el», dice.

En tantos años de dedicación a la mecánica ha habido cambios porque los coches han incorporado avances tecnológicos. Antonio Barja dice que hace años podía cambiar seis o siete juntas de culata a la semana, un trabajo que ahora se hace muy de vez en cuando. Cambian, pues, algunos asuntos del trabajo, que pese a todo resulta llevadero: el padre dice que el oficio le sigue gustando, y el hijo muestra interés por continuar aprendiendo.

El palo es Antonio Barja Folgueira, y la astilla, Juan José Barja Graña.

El padre, 49 años; el hijo, 29.

El padre, mecánico, tiene un taller en el que también trabaja el hijo.