Hijos que envían a ancianos a centros para que no molesten o que los sacan de ellos para quedarse con su pensión son fenómenos que conviven en Lugo en plena crisis
11 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La sociedad vende a diario la imagen de jubilados felices que pasean, viajan en avión y se tuestan al sol en Benidorm, en las islas Canarias...; sin embargo, la vida de un buen número de ancianos lucenses está a años luz de esa placidez. Y los efectos de la crisis económica han empeorado todavía más su situación, según destacan responsables de centros y residencias de la ciudad amurallada. «Sempre houbo algún caso, pero cada vez estamos vendo máis fillos que ven aos pais como unha simple fonte de cartos que utilizan ao seu antollo», señalan en un servicio asistencial privado. De ahí que las inscripciones y abandonos de algunos mayores de centros de día y residencias esten condicionados por las necesidades económicas de los hijos, en lugar de por su salud y bienestar.
«Nos últimos meses chegáronnos varias persoas dependentes que levaban bastante tempo vivindo nunha residencia de anciáns, pero coa crise, os fillos decidiron sacalas dela e volvelas á casa para coidalas [...] Agora mándanas a un centro varias horas ao día, e así aforran moitos cartos», explican desde la dirección de un centro de día. Al parecer, hay familias que están sufriendo las consecuencias del paro y emplean la pensión del anciano para hacer frente a pagos básicos de luz, gas, agua o vivienda. Otras en cambio utilizan ese dinero para mantener el tren de vida que tenían antes de la crisis y que se resisten a perder. «Sorprende ver que hai xente que en apariencia non ten problemas económicos e está ben situada, e sen embargo aprovéitase canto pode dos pais, sen ter en conta para nada os seus sentimentos», afirman las mismas fuentes.
Que el egoísmo y la codicia ganan al amor por los mayores en algunos casos es una idea que también comparten en centros y residencias de carácter público de la ciudad. De esta manera, en los últimos tiempos están apareciendo casos de personas que tienen enfermedades degenerativas, como el alzhéimer, pero que todavía son válidas, y que prácticamente sin previo aviso son ingresadas por sus hijos en residencias de ancianos. Algunas incluso acudían a centros de día de la urbe y estaban muy contentas.
Traslados no deseados
Ni el llanto ni la angustia de que sufren los mayores ante un traslado que no desean ablandan el corazón de los descendientes. «É certo que algunha xente levaba certo tempo esperando por unha praza nunha residencia pública, pero se a persoa aínda se vale ben por si mesma a situación faise moi dura; e ti non sabes ata que punto a familia está facendo o correcto ou o que lle convén para non ter que atender ao maior e que deixe de molestar», reflexionan en un centro público.