La lección diaria de la integración

LEMOS

El adolescente que tuvo que ir a estudiar a otro municipio cursa secundaria en Mondoñedo, y se ha adaptado a los cambios derivados de la nueva situación

23 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Rubén Barro Rico sabe que los próximos meses serán un poco diferentes, aunque supone que los cambios surtirán efecto y harán que se olvide lo que pasó. Lo que pasó es que Samuel Etoo, delantero del Barcelona y jugador favorito suyo de la plantilla culé, dejó el Camp Nou para fichar por el Inter de Milán. Ha llegado, haciendo el camino inverso, Zlatan Ibrahimovic, cuya calidad no discute Rubén.

Un adolescente aficionado al fútbol y a la música no es ninguna sorpresa. Que coja el autobús todos los días del curso escolar para estudiar la ESO en otro municipio tampoco supone ninguna extrañeza en muchos municipios, entre ellos Abadín, que han visto cómo la educación secundaria se concentraba en centros de concellos con más población.

Rubén Barro Rico vive en la parroquia de Montouto, tiene 16 años y padece síndrome de Down. Esa condición no le impide ser uno más de los alumnos que van todos los días al vecino municipio de Mondoñedo para asistir a clases en el IES San Rosendo. El próximo mes supondrá el inicio de un nuevo curso, que él no espera con temor o recelo sino todo lo contrario: dice que los compañeros y los profesores son lo mejor de la vida escolar.

Que pasar de un colegio a un instituto supone una transformación no se le escapa a nadie. Su madre, Begoña Rico, es elocuente: «Cambia totalmente todo», dice. ¿Para bien o para mal? El vaso está medio vacío o medio lleno, según se quiera ver: dice que los profesores de Abadín estaban más pendientes del chaval, aunque también admite que era más fácil por el menor número de alumnos.

Amistades

El cambio no afecta solo a la vida académica. «Crese máis rapaz», dice su padre, Pedro Barro Ramil, que afirma que el chico ha descubierto cosas nuevas. «Xa leva algún cartiño para o bocadillo», explica el padre, que también subraya las nuevas amistades que ha hecho su hijo en el nuevo centro.

Pensando en el curso que empezará dentro de varias semanas, la madre espera que sea un poco mejor desde el punto de vista académico, que su hijo haga un poco más de esfuerzo y que los profesores estén un poco más pendientes de su evolución. La diferencia entre el número de alumnos de un colegio como el CEIP Iglesia Alvariño (Abadín) y el IES San Rosendo resulta evidente, si bien los padres, aunque lamentan que las clases hayan perdido el ambiente casi íntimo y familiar que podían tener en el municipio abadinense por el bajo número de alumnos, creen que la situación podría ser peor: Begoña Rico reconoce que hay institutos bastante más masificados que el mindoniense.

Una de las ventajas de Rubén es que dos primos suyos también estudian en el IES San Rosendo. Una prima suya, que también vive en Montouto, va a empezar segundo de Bachillerato, y un primo, residente en la capital del ayuntamiento, va a cursar cuarto de ESO. Esa compañía ha hecho más fácil el cambio, cuestión que resalta su padre: «Canto máis se integre, moito mellor pra el e para nós», dice.

Optimismo

«Este ano podía facer algo máis», afirma su madre en relación al curso pasado. De todos modos, parece que este próximo podrá ser más favorable, ya que los profesores [Rubén tiene docentes de apoyo para algunas asignaturas] lo conocen y saben ya cómo tratarlo.

Aunque el instituto suponga una vida diferente, los padres agradecen que el IES San Rosendo no se parezca ni de lejos a centros en los que los alumnos se cuentan por muchos centenares y los profesores suman decenas y decenas. Ese ambiente menos masificado puede permitir, según el padre, que el control sobre los alumnos resulte más eficaz. «Canto máis controlados están, mellor», opina.

Así las cosas, el próximo curso parece tener la ventaja de la experiencia de varios meses pasados en el centro, entre profesores y alumnos que ya no son desconocidos. Mientras tanto, el entorno más inmediato, tierras cercanas al Xistral donde el ganado vacuno de carne alterna en el paisaje con los parque eólicos, le resulta a Rubén conocido y grato. Su padre explica que el chico colabora «encantado da vida» echando una mano en faenas agrarias.