Es el tercer verano que Natasha (11 años) viaja a Lugo para convivir durante julio y agosto con la familia de Alberto Losada y Elena Blanco. Este año, si cabe, llegó más feliz que nunca, porque en el viaje la acompaña su hermana mayor, Tania (14 años). «Nos había hablado de que tenía una hermana, y este año le dijimos que la trajese también», comentó el hombre, empleado de una caja de ahorros y coordinador en la provincia de la acogida de Ledicia Cativa.
Es jueves 17 de julio. Las niñas llevan cerca de tres semanas en Lugo y están contentas. Tras unos días en la playa, en Barreiros, pasarán el fin de semana en Sanxenxo, con «los abuelos» españoles.
Natasha y Tania viven con sus padres biológicos en una pequeña ciudad -tiene menos de 50.000 habitantes- de la región de Briansk. A unos 500 kilómetros de Moscú y a unos 200 de Chernóbil, donde el monstruo nuclear continúa escupiendo contaminación radiactiva.
Por suerte, ellas están bastante sanas, pero su calidad de vida mejora mucho en Lugo. «Y les gusta mucho pintar. Lo hacen muy bien», destaca Elena, que es profesora de pintura.
Con tres hijos «ya criados»
Esta pareja lucense, que tiene tres hijos «ya criados», de entre 24 y 27 años, anima a otras familias a sumarse a la iniciativa. «Te llena un montón, es una experiencia muy enriquecedora. No sabes quién da más: si nosotros a ellas o ellas a nosotros. Te hace un verano mucho más activo, no paras y estás muy a gusto», subraya Alberto. En este sentido indican que para acoger a un niño «solo hay que solicitarlo y tener ganas de compartir, de dedicarles algo de tiempo». Los requisitos contemplan la visita de un asistente social del Concello en que reside la familia. Ésta se hace cargo únicamente de los gastos del viaje, que cuestan alrededor de 300 euros.
¿Y qué ocurre si los niños se ponen enfermos aquí? El Sergas tiene un convenio de colaboración con Ledicia Cativa, mediante el que todos los niños acogidos tienen cobertura médica completa en centros sanitarios de la Seguridad Social.
Además, dos traductoras rusas acompañan al grupo de pequeños en la estancia. «Aunque al final casi nunca hay que llamarlas, porque los niños aprenden español enseguida [...] Natasha llegó con 8 años sin saber ni una palabra y ahora lo habla perfectamente», concluyó Alberto.