?l lobo no es hoy asunto meramente biológico. Sin graves problemas de conservación o hábitat, como sucede al oso o al urogallo, es un problema social. Al contrario que en Alaska, en Galicia vive en un entorno muy humanizado. Suele evitar la presencia del hombre pero no sólo está arriba, en las cumbres otrora casi vírgenes, también está abajo, cerca de caseríos, pueblos o ciudades. Crió cerca de Lugo, cuando había basurero en Teixeiro; lo ven en el Penedo do Galo, en Viveiro, y llega a Monforte. Eso, y que se ha perdido la memoria histórica pues, una vez que ha vuelto a sitios donde fue exterminado, sus daños se ven con más dramatismo y preocupación. El miedo al lobo forma parte de la mitología asociada a la especie, es el malo de los cuentos, está en las supersticiones y hay culturas que lo consideran la encarnación del mal. Otras, los nativos americanos, lo ven completamente diferente. ¿Es peligroso? Excepto el antiguo caso de una niña en Ourense, no hay datos truculentos en decenios y son miles los agricultores, excursionistas, pastores, montañeros, maderistas o cazadores a diario en el monte. Los guardas no le temen. Y Víctor Sazatornil dice que «hemos dormido muchas veces en el saco, junto a la manada, al seguirla, y nunca nos pasó nada». Aseguran que lo normal es que el lobo pase, mire y siga camino. En Noruega, cuando los lobos saltaron desde Suecia, las primeras reclamaciones fueron por miedo. No obstante, en Galicia, al preguntar si debe preservarse el lobo para las futuras generaciones, hasta los ganaderos están de acuerdo. A pesar de los foxos, ni siquiera quedó una tradición muy arraigada de caza deportiva del lobo. Mientras en Pirineos, Francia, Gran Bretaña, Japón, EE.UU. el lobo era eliminado como alimaña o fiera, aquí la gente no lo llevó al exterminio. Y eso que entonces no había corzo o jabalí como ahora (el monte se labraba) y comía ganado.