Crónica | El módulo de presos será reformado para evitar incidentes La fuga de dos reclusos en marzo y el intento de evasión de un condenado a 19 años de cárcel, que tomó como rehén a una enfermera, obligan a acelerar decisiones
17 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?as celdas del módulo de presos del Hospital Xeral tendrán doble puerta y una reja entre ambas para evitar que el personal tenga que entrar donde se encuentra el recluso para administrar la medicación. Esta es una de las reformas que se empezarán a ejecutar de forma inmediata para mejorar la seguridad de unas dependencias, que empezaron a funcionar en el año 1996, dos años antes de que se implantarán en otros lugares y que actualmente nadie duda que no reúnan las condiciones de seguridad exigidas. La segunda medida será cambiar las rejillas del aire acondicionado y algunas piezas de las cisternas de los servicios, que son susceptibles de utilizar como armas, una vez manipuladas. Estas reformas y otra que se valoraron ayer en una reunión mantenida en la Subdelegación del Gobierno para tratar sobre la agresión sufrida por una enfermera que iba a administrar la medicación a un recluso de Monterroso, cuya inequívoca intención era la de fugarse. S.S.G., de 30 años, con una condena acumulada por robos de diversa índole de 19 años y que no acababa de cumplir hasta el año 2019, con 43 años era candidato de libro a escaparse. El recluso, sevillano de nacimiento, había hecho sus cálculos para evadirse igual que hicieran otros dos presos el 19 de marzo pasado, tras amenazar con un cuchillo al único policía encargado de vigilar a los dos presidiarios que había en el módulo. Uno era S.S.G. y el otro un tetrapléjico. El primero no fue demasiado original en la elección de los motivos para provocar su ingreso en el Xeral. Ingirió pilas, siguiendo el modelo de otros compañeros que intentan fugas. La criticada actuación del policía nacional, que se encerró en su garita y desde allí pidió refuerzos, evitó que el preso consiguiera su objetivo último: fugarse. El agente cumplió con el protocolo establecido para estos casos de aislar la situación de peligro, algo muy difícil de explicarle a una enfermera con un estilete en el cuello, a la que los entre diez y quince minutos que permaneció como rehén le debieron parecer eternos. Tampoco resulta comprensible para otras personas para quienes la prioridad era la integridad física de la sanitaria. Quienes tratan habitualmente con presos saben que éstos calculan los riesgos y en el caso de las fugas procuran -lo que ocurre después es otra historia- que no haya lesiones ni muertes de personas para que una posible condena por evasión o por quebrantamiento sea lo más liviana posible. Quienes realmente consiguieron desarmar al recluso sevillano fueron los vigilantes de seguridad del centro. Se coordinaron instintivamente para reducir al preso, una vez que éste vio la verja abierta y las ansias de libertad le hicieron bajar la guardia. Segundos antes había advertido a los vigilantes que lo dejaran salir que si no mataba a la sanitaria. Uno le arrebató el pincho y entre los dos lo tiraron al suelo y lo esposaron. El policía no salió de su garita hasta que los vigilantes tuvieron controlada perfectamente la situación. La enfermera sangraba abundantemente aunque las lesiones que presentaba eran leves. Lo que sí padecía era un ataque de nervios. Su profesionalidad, según relató ayer el director, Miguel Ángel Fernández, la llevó a anunciar que ayer mismo, horas después del incidente, se volvía a incorporar a su puesto de trabajo. Su superior no se lo permitió.