Crónica musical El quinteto Sonidos del Atlántico ofreció en la Casa de Cultura un grato concierto, el sexto de la temporada que organiza la Sociedad Filarmónica local
06 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?l sexto concierto de la Filarmónica en Monforte en la presente temporada rtuvo lugar el pasado día 2 en la Casa de Cultura, a cargo del quinteto Sonidos del Atlántico, con un programa que incluía uno de los dos cuartetos con piano de Mozart y el quinteto La trucha , de Schubert, también para teclado y cuerdas. Se puede decir que el cuarteto con piano nace con Mozart, ya que los ejemplos de Schubert y de J.???S. Bach no responden al verdadero concepto del cuarteto y posteriormente tampoco se prodigó este tipo de composición. Mientras el cuarteto de cuerda había sido elevado por Haydn, Boccherini y el mismo Mozart, entre otros, a su máximo desarrollo y esplendor, la incorporación del teclado no estimuló a los compositores, ni siquiera en el período romántico, cuando el piano alcanza el total apogeo. Se supone que Mozart aceptó el reto de la fusión del cuarteto y el concierto, dos mundos tan diferentes como la intimidad de la música de cámara y el virtuosismo concertante, con el piano como elemento integrador. El Cuarteto con piano KH93 comienza con un allegro en el que se observa desde el principio que cada instrumento participa al mismo nivel en el diálogo concertante, lo que confirma lo dicho respecto de la citada fusión. Al primer tema, soñador y armónico, le sigue otro más viril que termina con una melodía de violín, mientras que un tercero está a cargo de la viola. El larghetto es de gran profundidad en una tonalidad que Mozart escoge para ocasiones extraordinarias (la bemol mayor); la coda, melancólica y nostálgica, anuncia en cierto modo algo del estilo de Schubert. El allegretto final es en realidad un rondó, lo que, con la alternancia de solos y tutti y la estructura formal en tres movimientos, confirma aquella conjunción de música de cámara y concierto. «La trucha» La segunda parte estuvo integrada por el Quinteto para piano y cuerdas «La trucha», de Franz Schubert, con la inclusión de un contrabajo y la supresión del segundo violín, tal vez para dar mayor relieve al violonchelo, puesto que la obra iba dedicada a su amigo Silvester Paumgartner, intérprete de este instrumento; otra novedad es la configuración en cinco movimientos, lo que se interpreta como la posible intención de darle carácter de divertimento; el propio Schubert dijo que se trataba de «música para aficionados en vacaciones -la compuso durante su estancia estival en Steyr en 1819- y no para demostrar su ciencia». Sin embargo, la historia ha demostrado que es una bella obra maestra. El allegro vivace inicial es un alarde de equilibrio entre los diferentes instrumentos, ya que aunque el piano tiene una importancia relevante, siempre se sitúa en el plano melódico -no virtuosístico- y casi siempre fundido en el conjunto. El primer tema, tranquilo y meditativo, es expuesto por el violín asociado al violonchelo, y el segundo lo plantea el piano y lo retoma la cuerda. El movimiento lento, andante, se desarrolla con constantes cambios de tonalidad, con un primer motivo de carácter danzante; está confiado al piano sobre acordes de la cuerda, mientras que el segundo corresponde al violonchelo y a la viola arropados por el resto del grupo, resultando de una belleza casi dolorosa. El scherzo central es breve y enérgico, con acordes rotundos del piano sobre el ritmo marcado por las cuerdas, mientras que el trío, más jovial, se interpreta por éstas en sucesivas intervenciones. El cuarto movimiento, andantino, representa el momento crucial de la obra y consiste en la presentación del tema del lied La trucha , con cinco variaciones. La primera la canta el piano sobre arabescos de la cuerda; la segunda recae en éstas, acompañadas por acordes de piano, que vuelve a asumir el protagonismo en la tercera; la cuarta adquiere un tinte dramático por las intervenciones del piano y la quinta y última, de gran dulzura, a cargo de las cuerdas con predominio del violonchelo, que desempeña un papel importante en toda la obra. El violín y el violonchelo repiten el tema y termina en un sereno pianísimo. Con el allegro giusto, rítmico y por primera vez virtuosístico para el piano, con indudable aire de marcha, concluye esta hermosa partitura. La interpretación de Sonidos del Atlántico -tres de cuyos integrantes son miembros de la familia Moriatov- estuvo a la altura de la obra, que requiere perfecto ensamblaje y gran musicalidad. El público premió la labor con intensos aplausos y el grupo correspondió con una versión sui géneris de Ojos negros . Un grato concierto para recordar durante mucho tiempo.