Nos remuíños do Eo El secretario de Organización de los socialistas vive una dura batalla por esclarecer el fondo de la crisis en la Asamblea de Madrid. Otros lucenses torearon antes en la plaza
12 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.El 25-M dejó tocado al PSOE pues apenas se habla de otra cosa que de la traición de los Sáez-Tamayo. José Blanco es ahora el lucense más mediático de toda España y bien a su pesar. Hubiera preferido serlo por los buenos resultados que tuvo el partido en Galicia pero al secretario de Organización se le vino encima una grave crisis política que, además, tardará meses en corregirse si los amotinados Tamayo y Sáez no dimiten y entregan las armas, digo las actas, a los números 48 y 49 del escalafón. El de Palas no se arruga pero Pepe, dicen en confianza los socialistas, tiene un problemón de narices, un caos que mancha como el chapapote encima de los plazos de las elecciones generales. El PSOE huía de la convocatoria de nuevas elecciones autonómicas en Madrid porque sólo aportaría desmoralización y desgaste al sufragio del ciudadano debido al escándalo. Al final no parece que tenga más remedio que afrontarlas. Blanco se movió cauto en las acusaciones y ha ido de frente contra uno de dentro, el poderoso José Luis Balbás, al que considera cómplice de la trama político-inmobiliaria. El lucense es considerado responsable de la presencia de personajes como Tamayo en los vértices del poder e incluso hay quien incluso le ponía en el camino de la dimisión porque, de palabra, obra u omisión, por cargo le toca. El PSOE es así, cainita, y en momentos difíciles no falta quien desee revolver la daga en la espalda. Él evita comentar nombres o jugadas como las de Almunia o Leguina pero el ex presidente de la Comunidad de Madrid, aparte de pedir la cabeza de los díscolos correligionarios madrileños (en su día los balbases habían apoyado a Fernando Morán como candidato a la alcaldía de Madrid, y no a él, y esta vez volvió a quedar fuera frente a Trinidad Jiménez), también apunta hacia «quienes los metieron en la lista». Además, a Blanco, con las gracias del Blanquito y el Pepiño propias del peor y más zafio costumbrismo que despreció a Lugo (también sirven para perpetuar el masoquismo lucense o saldar torpes rencillas) parece que le perdonan menos su falta de cuna madrileña que una entrevista con Tamayo. Al parecer, él tiene menos derecho a equivocarse que uno de Chamberí o del barrio de Salamanca. Ante el acoso, que llega incluso a rendir consultas al pope del ala socialista donde encuadran al guerrista Simancas, Blanco ha respondido que Leguina pertenecía a los órganos del partido que aprobaron las listas, y nada tuvo que objetar. Los apocalípticos más felipistas inflan el caso hasta niveles del afair Roldán pero el palense precisa: «Se mira al responsable de Organización, que tiene las responsabilidades que tiene; en este caso, ratificar una listas de la FSM donde se mantenían diputados que la integraban en la anterior legislatura». Este sainete no es nuevo. Actos parecidos los sufrió un antecesor de Blanco, de Castroverde para más señas, que nació como pastor de ovejas y sudó su mísera e injusta infancia en tiendas y panaderías de Madrid. Manuel Cordero Pérez, que aprendió a leer y escribir en la Casa del Pueblo, llegando a dominar el francés, el ruso y el alemán, fue un bravo organizador del partido, concejal, teniente alcalde y diputado en Madrid, tan eficaz en huelgas y otras luchas como lo fue el catedrático Julián Besteiro. Blanco tendrá buen ejemplo en él pues a Cordero le tocó lidiar con las «artes» del más rico de la plaza por aquel entonces, el banquero Juan March, al que acusó de contrabandista, mafioso y sobornador de jueces. Cordero formaba parte de la Comisión de Responsabilidades de la Segunda República que aseó la vida pública, y llevó al proceso y encarcelamiento de March, en mitad de una feroz campaña de calumnias y desprestigio de los socialistas. El actual es también un momento en que los árboles podridos no dejan ver el bosque demócrata y todo parece un indigno mercado de ambiciones. Cuanto más se desbroza, surge un silveirón madrileño con apellidos de antaño amarrando pasta en la sombra, junto a intereses políticos municipales, y grandes nombres e imperios de la construcción. Incluso, santificadas instituciones deportivas, urbi et orbe . Y llegados al momento de tocar balones de fútbol tan seriamente, tenemos, que diría Boris, un momentazo crítico para la democracia. Fuentes lucenses del partido apuntan que, independientemente de que, «a Blanco lo que es de Blanco», para bien o para mal, el potaje madrileño se sustancia más allá de lapsus orgánicos. En este asunto juega mucho demasiada gente, más que la foto fija de los Sáez-Tamayo y el merengue de llamadas telefónicas y reservas hoteleras. Puede que sólo el callo socialista de Cordero, que acabó exiliado en Buenos Aires, pudiese con tanto. Quien puede evaluar mejor a Blanco quizás sea su maestro. Orozco sabrá del poso y recursos del palense, empeñado desde hace años en depurar censos y clarificar afiliaciones. Otras fuentes del PSOE dicen que hoy la ejecutiva es heterogénea, «un equipo raro», con gente de aquí y allá, una mezcla de cuatro ejecutivas, mas algún refuerzo. Y a veces hace agua. Confían en que el congreso previsto para después de las elecciones generales clarifique el panorama. La representación territorial será importante y Blanco es la baza gallega. Él dice que lo único claro es el liderazgo de Rodríguez Zapatero.