Las dos bombas que estallaron en el restaurante Conte, de Buenos Aires, a unos 150 metros de donde estaba pronunciando un discurso el presidente Perón, causaron tres muertos y cerca de medio centenar de heridos. Aunque el joven que cometió el atentado estuvo a punto de ser linchado por los peronistas, lo cierto es que el malestar estaba creciendo entre la población argentina por la política que se estaba llevando a cabo. Muerta Evita, Perón ya no tenía un rompeolas que oponer a las masas. Así, se limitaba a decir que este y otros atentados eran obra de «agentes de potencias extranjeras que actúan en la sombra». Se estaba refiriendo a los Estados Unidos, a alguno de cuyos embajadores había mencionado Perón como sinónimo de agitador político. A ello se uniría la Iglesia católica, a pesar de que el embajador español Areilza (ahora destinado en Washington) le había advertido durante su estancia en Argentina que procurase no enemistarse con el capital americano y con la Iglesia. La economía argentina, que había vivido su momento de apogeo durante la Segunda Guerra Mundial, estaba comenzando su declive y el peso ya no era sinónimo de divisa fuerte.