Tras las negativas telefónicas de la Xunta, voluntarios ourensanos encontraron todas las facilidades en Muros para participar en la recuperación de la playa de Louro
02 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Después de veinte días de significativos silencios y constantes negativas por parte de la Xunta de Galicia decidimos viajar por nuestra cuenta y riesgo. No nos convencía el «no hacen falta voluntarios hasta febrero». Tampoco las «esplendorosas playas» que pregonaba Trillo. Queríamos confirmar con nuestros propios ojos que sobraba mano de obra, faltaba material o ya no quedaba trabajo por hacer. O de lo contrario, bajar a la arena a sacar chapapote «aínda que sexa cos dentes». De nuevo se confirmó que la sensatez del pueblo está muy por encima de decisiones políticas. De repente, todas las trabas de la administración se convierten en facilidades. Llegar a Muros fue ponerse a trabajar. «¿Cantos sodes?» fue la única pregunta por parte del operario en la playa de Louro. No hubo problemas de material. Tampoco excesivas indicaciones. Eso sí, un déficit alarmante y contradictorio de mano de obra. Para un playa como Ancoradouro se necesitarían al menos tres centenares de voluntarios. Apenas habían cien contando con el ejercito, el último en llegar y el primero en irse. Tampoco tenían mucha prisa por bajar los voluntarios foráneos: antes de nada la foto con el traje de faena. Hay que documentar las batallitas del futuro. Y en la arena se aprende muy deprisa. Enseguida te das cuentas de lo mucho que hay que limpiar. Las bolitas de la superficie ... y las inmensas vetas sepultadas bajo un manto de arena. En un suspiro pasas de recoger a mano pequeñas partículas a utilizar la pala y toda tu fuerza para llenar capazos con fuel aún en estado líquido. Cuatro horas nos llevó a una veintena de voluntarios limpiar una veta que afloraba al lado de las primeras rocas. El toque de queda decretado por el maquinista de la excavadora hizo imposible rematar la faena. Eran las cinco y para los contratados el día había terminado. Limpieza y bocatas solidarios dieron por concluida la jornada. Antes, momento para la preocupación: en un contenedor aparecen botas, capazos y trajes. Todo sin estrenar. Pero quedaba luz solar para comprobar y confirmar el calamitoso estado de la práctica totalidad de las playas de la Costa da Morte. Carnota, Corcubión... . Todo ennegrecido. Demasiado petróleo para tan poca gente. En algunos arenales, como el mítico Ximprón, se notaba que nadie había pasado por allí en todo el día. Y 30.000 voluntarios esperando en casa. Muchos de ellos se quedarían por falta de intendencia. El teléfono del voluntariado repite con insistencia que no hay alojamiento. Es cierto pero difícil de entender. En Muros permanece el polideportivo cerrado a cal y canto. Pagar una pensión se convierte en alternativa. Al día siguiente más organización pero el mismo talante positivo. Por encima de las listas pasan las necesidades. En esta ocasión para limpiar unas dunas próximas. Dos centenares de voluntarios se reparten la cuarta parte del arenal (había necesidad del triple). Los militares se apostan en las rocas. No era Perejil. Estaban demasiado negras. Día de lluvia y viento racheado. De frío. También de jornada menguada. La excavadora para a las cuatro. El fin de semana finaliza con limpieza, comida y viaje de regreso con un rodeo para visitar Touriñán y Muxía. También con una lección. Colaborar es más fácil de lo que quiere la administración autonómica. «¡Nunca máis te quedes na casa (se queres limpar)!». La burocracia se vence con voluntad.