El abuso de la tecnología hace aflorar el «sedentarismo cognitivo»: «Nos orientamos peor, la atención y la memoria se están viendo afectadas»

VIDA SALUDABLE

El sedentarismo cognitivo es un concepto recientemente acuñado para describir la pérdida de función cerebral por el uso de inteligencia artificial.
El sedentarismo cognitivo es un concepto recientemente acuñado para describir la pérdida de función cerebral por el uso de inteligencia artificial. iStock

Los expertos advierten que esta caída de nuestras funciones cognitivas ya está provocando un declive intelectual entre la población

26 ene 2026 . Actualizado a las 10:46 h.

El funcionamiento de nuestro cuerpo se rige, por encima de todo, por un imperativo: el de la eficiencia. A lo largo de la evolución humana, la capacidad del organismo para preservar energía y realizar tareas con el gasto mínimo e indispensable ha sido lo que nos ha permitido sobrevivir a períodos prolongados de escasez cuando una sequía o una inundación destruía una cosecha entera, dejando a la población con pocas opciones para alimentarse.

Hoy, el panorama ha cambiado y la abundancia de recursos en gran parte del mundo supone otra serie de problemas y desafíos. Consumimos cada vez más y hacemos menos ejercicio, no solo a nivel físico. Con la llegada de la inteligencia artificial, que actualmente nos asedia desde las pantallas de los móviles, los motores de búsqueda y los programas que usamos día a día para trabajar, se está abriendo paso una nueva era en la que ejercitamos cada vez menos nuestra propia inteligencia. Un fenómeno que algunos expertos ya han catalogado como «sedentarismo cognitivo».

Coste que genera deuda

El investigador Diego Fernández Slezak, director del Laboratorio de Inteligencia Artificial Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (UBA), ha sido uno de los primeros en acuñar el concepto de sedentarismo cognitivo. El experto lo vincula a otros dos términos: coste cognitivo y deuda cognitiva. «Por coste cognitivo nos referimos a cuánto nos cuesta recordar un número, resolver una cuenta matemática o hablar un segundo idioma, por ejemplo. La deuda cognitiva es lo que ocurre al delegar ese coste derivado de realizar alguna de esas tareas en la inteligencia artificial o en otra tecnología. Estamos liberándonos de esa carga, pero, por otro lado, un músculo que no se entrena se degrada y se atrofia. Ahí es cuando aparece el sedentarismo cognitivo», explica.

En resumen, si una persona acumula una deuda cognitiva en aquellos aspectos de la cognición que son importantes, se produce una atrofia en la capacidad de hacer esa operación. «Esto abarca todos los aspectos cognitivos de la vida humana. Todo aquello que delegamos en la inteligencia artificial puede llevar a un sedentarismo cognitivo», subraya Fernández Slezak.

Para el doctor David Ezpeleta, Vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN), no es la primera vez que se observan las consecuencia de delegar nuestras funciones en la tecnología. «Por ejemplo, la orientación. Ahora nos orientamos peor que antes, porque en las últimas décadas delegamos esa capacidad de ubicación espacial en entornos geográficos en el GPS. La atención y la memoria también se están viendo afectadas por la delegación de funciones en buscadores y esto es algo de lo que tenemos constancia desde hace más de diez años», detalla. A medida que los modelos de lenguaje de inteligencia artificial adquieren mayores y mejores capacidades de imitar funciones de nuestro cerebro, se espera que la pérdida avance hacia más áreas.

El neurólogo advierte que esta caída de nuestras funciones cognitivas ya está arrastrando a algunos países a un declive a nivel poblacional en el cociente intelectual. «A la subida a nivel global del cociente a lo largo del siglo XX se la denominó efecto Flynn. En las últimas décadas, lo que se ve es un efecto Flynn inverso», observa.

«Para mantener cualquier órgano del cuerpo, incluido el cerebro, lo bueno es utilizarlo y la inteligencia artificial lleva a no hacer un uso tan intensivo de nuestras capacidades», explica Casto Rivadulla, profesor de Fisiología en la Universidade da Coruña e investigador en Neurociencia. Con todo, insiste en que serían necesarios más años para poder estudiar y comprender todas las ramificaciones del uso de inteligencia artificial a largo plazo. «Esta tecnología lleva con nosotros muy poco tiempo como para evaluar sus efectos», señala. Además, sostiene, no es lo mismo un uso puntual que uno habitual, ya que «de manera puntual, esta es una herramienta que puede permitirnos hacer muchas cosas».

Delegar la autoconfianza

El gran problema que sobreviene con la llegada de la inteligencia artificial a los smartphones y ordenadores es que hemos empezado a delegar nuestra capacidad de pensamiento crítico. «Esta es una de las dimensiones más preocupantes. Uno tiende a creer lo que le están contando si suena bien, y cuando utilizas inteligencia artificial, todo suena bien. Aunque después resulte que la mitad es mentira porque se ha inventado citas y datos», observa Rivadulla.

Si dejamos de utilizar nuestra capacidad de análisis, inducción y deducción, perdemos una parte importante del proceso de búsqueda y de curiosidad que está en el núcleo del aprendizaje. «Esta delegación cognitiva produce una desactivación de las partes del cerebro necesarias para hacer ese trabajo y entonces se crea una dependencia completa de la tecnología», advierte Ezpeleta.

Pero esto no es lo único que perdemos. En el proceso de aprender, vamos ganando seguridad y confianza en nosotros mismos a medida que adquirimos conocimiento o destreza en un área determinada. Sin embargo, «cuanto más confiamos en la guía de la inteligencia artificial, menos autoconfianza tenemos. Al final, hemos delegado nuestra seguridad. Cuando utilizas ChatGPT para todo, no puedes ni tomar una decisión o firmar un contrato sin consultarlo con este modelo», señala el neurólogo.

Menos interconexión neuronal

La irrupción de la inteligencia artificial, si bien ha sido avasalladora, es todavía reciente. Esto implica que no existen, a día de hoy, datos suficientes como para poder afirmar que depender de ella para nuestras tareas cotidianas tenga consecuencias a largo plazo. Pero los estudios que hay no son alentadores.

Una investigación reciente realizada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ha sido reveladora en este sentido. «Mostró que la interconexión entre neuronas que se detecta a través del electroencefalograma en personas que usan mucho la IA para la redacción de ensayos, una tarea de lectoescritura, comparada con la interconexión en personas que no utilizan IA, son diferentes. El patrón con la IA es más desconectado», explica Fernández Slezak. Si bien esto no es concluyente en cuanto al efecto perjudicial de la inteligencia artificial, «lo que demuestra efectivamente es que el uso de inteligencia artificial afecta cómo el cerebro funciona», aclara el investigador.

Uno de los aspectos en los que es más notoria la atrofia en este tipo de estudios es, una vez más, la memoria. «Estamos dejando nuestra capacidad de recordar en manos de la inteligencia artificial y no nos acordamos ni de los números de teléfono de nuestros amigos», señala Isabel Fraga Carou, psicóloga y directora del Instituto de Psicoloxía de la Universidade de Santiago de Compostela (Ipsius).

Aunque quienes abogan por la modernización proponen el uso de la inteligencia artificial como una herramienta que podría ayudar en el proceso de aprendizaje, las investigaciones no han demostrado que este uso sea eficaz. «No se aprende igual con pantallas que escribiendo a mano en papel», observa Fraga Carou.

Eficiencia o velocidad

La eficiencia es la ventaja más seductora de las herramientas de IA. Una eficiencia que se mide en términos del tiempo que nos llevará desarrollar una tarea determinada. Sin embargo, para Fernández Slezak, «esta visión es cortoplacista. El trabajo intelectual sin inteligencia artificial, a largo plazo, genera una visión global del campo de estudio para la persona, lo que le permitirá tomar mejores decisiones en ese campo».

Parte del cambio de perspectiva tiene que ver con entender el rol necesario del error en este proceso. «Los humanos cometemos muchísimos errores, pero la comisión de errores es también una base esencial del aprendizaje. Aprendemos mucho más de ellos que de los aciertos», sostiene Fraga Carou.

También es clave la importancia de la dimensión humana en las funciones cerebrales vinculadas al aprendizaje. «Ya hay estudios clásicos que muestran que si pones a un niño pequeño a ver dibujos animados en inglés aprenderá infinitamente menos que si está al lado un adulto que le acompañe y le hable en ese idioma. El papel de las personas sigue siendo fundamental», subraya la experta.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.