Nicklas Brendborg, biólogo molecular: «Al cabo de dos semanas sin comer azúcar, una fresa te sabe mucho más dulce»

VIDA SALUDABLE

Nicklas Brendborg (Dinamarca, 1996) es investigador en Biología Molecular.
Nicklas Brendborg (Dinamarca, 1996) es investigador en Biología Molecular.

El experto es autor del «bestseller» internacional «Superestimulados», un libro que aborda todos los estímulos presentes en la sociedad moderna y los efectos negativos que tienen en nuestras vidas

20 dic 2025 . Actualizado a las 10:48 h.

Obesidad, soledad no deseada, trastornos de salud mental o abuso de sustancias. Los males que azotan a las sociedades modernas, aparentemente inconexos, podrían tener una raíz común. Así lo postula el doctor Nicklas Brendborg, investigador postdoctoral en Biología Molecular de la Universidad de Copenhague. El experto, que ha sido reconocido por el programa Talento Científico Internacional de Novo Nordisk, explica que muchos de nuestros problemas se deben a lo que él denomina los «superestímulos». Desde alimentos hiperpalatables hasta algoritmos de redes sociales o incluso nuestra propia vida social, cada vez más sobrecargada de opciones, esta podría ser la razón por la que vivimos con más abundancia que antes, pero no por ello estamos mejor. Brendborg ofrece herramientas en su nuevo libro, Superestimulados, un bestseller internacional publicado en castellano este año por Destino.

—Algunos de los superestímulos más potentes son los alimentos modernos. ¿Cómo nos sobreestimula la industria alimentaria?

—Básicamente, han descifrado cuáles son las cosas que a las personas les atraen de los alimentos. Por ejemplo, nos suelen gustar los productos con sabores dulces. Pero en la naturaleza, ese dulce está en las frutas y las bayas. Sin embargo, con el azúcar añadida, podemos crear productos mucho más dulces que aquellos que encontraríamos en el medio natural. Por eso, la industria se ha interesado por desarrollar todos esos sabores artificiales, esas texturas mejoradas y esos aspectos llamativos a través de los colorantes. Hay muchas maneras de hacer que una comida sea más atractiva para los seres humanos.

—¿Qué efectos tienen estos superestímulos alimentarios en el organismo?

—El principal problema no es que la comida sea procesada. Podría estar procesada para ser más saludable, incorporando más vitaminas, minerales u otros nutrientes. El problema es que la comida está diseñada para ser casi adictiva y así es como acabamos consumiendo en exceso. Esto nos lleva a subir de peso y la grasa que acumulamos causa daño. Alimentarse en exceso también aumenta el riesgo de tener hipertensión, lo que a su vez causa otros problemas.

—¿Cómo podemos evitar estos alimentos que nos propone la industria?

—Podemos hacer un proceso de sensibilización. Tenemos una tendencia a caer en una espiral en la que, si empezamos a comer más azúcar, por ejemplo, nos acostumbramos a un nivel de dulzor que hace que necesitemos comer cada vez más azúcar para sentir el sabor dulce. Pero afortunadamente, esto también funciona en sentido inverso. Si decidimos dejar de tomar dulces o sal, vamos a acabar por necesitar menos cantidad para sentir el mismo sabor. Por otro lado, incrementar la ingesta de fibra y de proteína en las comidas ayudará, porque estaremos más saciados. Además, conviene restringir el acceso que tenemos a estos productos procesados. No tenerlos en casa e ir a hacer la compra sin hambre para no adquirirlos. Y el sueño es algo muy importante en este sentido, a lo que no prestamos suficiente atención. Sabemos que incluso tras una sola noche de privación de sueño, se incrementa el apetito y aumenta el consumo de dulces. También tenemos menos fuerza de voluntad cuando hemos dormido mal, lo que resulta en una combinación desastrosa.

—¿Cuánto podemos demorar en recuperar esa sensibilidad a sabores como el dulce o el salado?

—Sucede más rápido de lo que creerías. Si te propones dejar de tomar azúcar añadida, al cabo de dos semanas de hacer esto, si pruebas una fresa, por ejemplo, te va a saber mucho más dulce. Vas a notar la diferencia y lo mismo ocurre con la sal.

—En el libro describe otros superestímulos importantes a los que nos exponemos en la esfera social y sexual. El acceso a la pornografía y la variedad de opciones que nos ofrecen las «apps» de citas. ¿Cómo nos afecta todo ello?

—Hay cada vez más personas solteras en prácticamente todos los países del mundo. No es algo que ocurra solamente en los países occidentales o en Europa. Lo estamos empezando a ver en regiones como Oriente Medio o Lationamérica. Básicamente, a los humanos nos gustan las opciones. Nos gusta poder elegir. Pero si queremos elegir eficazmente y estar contentos con nuestra elección, no es buena idea tener una gran cantidad de opciones. Esta variedad hace que, por un lado, sea más difícil elegir y, por otro, uno tiende más a arrepentirse de la elección que hace. No es lo mismo elegir entre tres potenciales parejas que entre mil. Quizás, al haber tantas opciones, cuando haya un conflicto en tu relación vas a preguntarte si no habría sido mejor elegir a otra persona. Antes de que existieran las apps de citas, ya veíamos este fenómeno psicológico en los actores y actrices de Hollywood. Personas que, teóricamente, tienen muchas más opciones, porque resultan atractivas a todo el mundo. Sin embargo, son notorios por la inestabilidad de sus vínculos, frecuentemente se ven envueltos en escándalos de infidelidad y su tasa de divorcios es alta. No significa que no tengan responsabilidad personal por estos actos, pero probablemente, la cantidad de opciones tenga algo que ver.

—Otro tema que trata en el libro es el consumo de sustancias. Me sorprendió leer que la concentración del THC en el cannabis ha crecido en los últimos años. ¿Nos estamos habituando a consumir drogas cada vez más potentes?

—Sí, es lo mismo que ocurre con los alimentos. Si te expones a sustancias más concentradas, te vas a acostumbrar a ellas y una menos potente no te va a hacer efecto. El problema con el que nos encontramos en muchos lugares es que, una vez que se legaliza una sustancia, es muy probable que las empresas empiecen a diseñar productos con esta sustancia que van a ser cada vez más potentes, para maximizar las ventas. En el mercado ilegal, esto no sucede en la misma medida porque puede ser más difícil desarrollar el producto en la clandestinidad. Y hay que saber que el THC no solo le da su efecto psicoactivo al cannabis, sino otros efectos adversos, como problemas de memoria, disrupción hormonal, riesgo de esquizofrenia o psicosis.

—¿Por dónde podría pasar la solución?

—Ciertamente creo que la solución no es la legalización total e indiscriminada. Existe la idea de que legalizar hará que todos los problemas vinculados a una sustancia desaparezcan y que hacerlo reducirá la criminalidad. Pero los ejemplos que tenemos en algunos estados de Estados Unidos o en Canadá muestran que este enfoque no funciona en absoluto. Lo que vemos es que las empresas, como ocurre con la industria alimentaria o la del tabaco, han hiperoptimizado su producto para obtener mayores márgenes de beneficios. Es cierto que el hecho de que una sustancia sea ilegal no significa que no se consuma. La gente la va a consumir igual. Pero cuanto más fácilmente disponible esté, más se la va a consumir. Tiene que haber algunas barreras en ese acceso.

—¿Y qué hay del acceso a las redes sociales? ¿Debería estar más regulado?

—Bueno, en ese caso, puedes eliminar todas las notificaciones. Esto solo ya supone una barrera para el uso. También hay aplicaciones que introducen fricción en el acceso a las redes sociales, bloqueándolas si permaneces más de cierto tiempo en ellas. Yo recomiendo no dormir con el móvil en la mesilla. Tener un reloj para despertarse es mejor. En definitiva, podemos hacer muchas cosas para restringir nuestro acceso a las redes de manera individual. Y a escala social, sabemos que China ha forzado a TikTok a poner pausas para los usuarios. Las redes pueden ser beneficiosas y no creo que haya que prohibirlas pero con añadir algo de fricción al proceso de consumirlas puede ser suficiente.

—¿Los jóvenes son especialmente vulnerables?

—Sí. En primer lugar, los jóvenes están construyendo su identidad, por lo que son más sensibles a cómo son percibidos por los demás. Les importa especialmente su imagen de cara al resto. Y en segundo lugar, creo que es diferente acceder a las redes como adulto que estar expuesto durante la infancia a ellas. La exposición durante el desarrollo puede ser especialmente perjudicial y las consecuencias perduran hasta la edad adulta.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.