Los peligros de vivir en un día eterno: «La sociedad ve la noche como algo malo»
VIDA SALUDABLE
La exposición excesiva a la luz artificial está alterando los ritmos biológicos y reduciendo la calidad del sueño en las personas, con implicaciones en la salud metabólica, hormonal y mental
21 jul 2025 . Actualizado a las 11:37 h.Cada vez dormimos menos y peor, y muchas veces no sabemos por qué. La respuesta puede estar, en parte, en la luz que nos rodea cuando cae la noche. La contaminación lumínica, que afecta al 99 % de la población europea —como indicó en el 2016 el Nuevo atlas mundial del brillo del cielo—, no solo nos impide ver las estrellas: también altera nuestros ritmos biológicos, reduce la calidad del sueño y afecta a funciones clave del organismo. Mientras que un estudio reciente publicado en Nature Cities muestra que el exceso de luz artificial está modificando el ciclo estacional de plantas y animales, los expertos alertan de que sus consecuencias sobre la salud humana son cada vez más evidentes.
Coque Alcázar, presidente de la asociación gallega Slowlight, especializada en la lucha contra la contaminación lumínica, explica que «las causas son todas las fuentes que se pueden encontrar en espacios urbanos y rurales, como la iluminación pública, industrial, terciaria, publicitaria, y, también, nuestras casas». La presencia constante de luz ha roto una relación ancestral del ser humano con la noche. Esta se define habitualmente como el tiempo entre la puesta del sol y el amanecer, pero otra acepción es tristeza, pena, oscuridad, en cualquiera de sus formas. «¿Qué quiere decir esto? Que la sociedad ve la noche como algo malo, como algo peyorativo, como algo triste. Entonces, se tiende a iluminar porque queremos darle continuidad al día, pero estamos desequilibrando nuestra propia salud», señala.
Alcázar subraya que estamos llegando a una sociedad iluminada las 24 horas del día: «La contaminación lumínica está creciendo de un modo acelerado, tanto en intensidad como en extensión territorial, y cada vez quedan menos zonas con una calidad de noche mínimamente decente», asegura el especialista. Para él, esta expansión sin freno está generando un impacto directo sobre uno de los engranajes fundamentales del cuerpo humano: su reloj interno.
Fuera de hora
En condiciones naturales, el organismo se sincroniza con el ciclo de luz y oscuridad a través de los ritmos circadianos, un sistema de regulación interna que ajusta procesos fisiológicos como el sueño, la temperatura corporal o la liberación hormonal. Pero este proceso se desestabiliza con la exposición nocturna a la luz artificial. La doctora María Ángeles Bonmatí, miembro del grupo de cronobiología de la Sociedad Española del Sueño (SES), detalla cómo actúa esta interferencia lumínica: «Cuando recibimos esa luz durante la noche, nuestro cerebro va a interpretar que estamos todavía de día y, en base a eso, el resto de ritmos fisiológicos se van a ver afectados».
Una de las principales alteraciones se produce sobre la melatonina, hormona que ayuda a inducir el sueño y regula otros ritmos internos. «La llaman también la oscuridad química porque informa al resto de las células del organismo de que ha llegado la noche. ¿Qué pasa? Si nos exponemos a luz artificial durante la noche, lo que vamos a hacer es inhibirla», indica Bonmatí.
La neuróloga Laura Lillo, directora del programa de Medicina del Sueño en el Hospital Ruber Internacional, señala que «desde que controlamos con medios artificiales la luz, se han reducido periódicamente nuestras horas de sueño, cada década se van reduciendo, y más ahora con los dispositivos tecnológicos».
La neuróloga agrega que «la contaminación lumínica de la luz de una farola que puede entrar por la ventana, reduce la calidad del sueño nocturno», lo que implica dormir menos y peor, porque se acorta la etapa del sueño lento.
Más allá del insomnio
Este fenómeno tiene consecuencias no solo sobre la calidad del descanso, sino sobre la salud en general: «Pensemos que todos los procesos fisiológicos del organismo están organizados temporalmente y deben ocurrir con mayor intensidad en determinadas horas del día o de la noche. ¿Cómo sabe el cuerpo humano en qué momento debe producirse cada proceso? Gracias al ciclo de luz y oscuridad», puntualiza Bonmatí.
Ana Souto, la responsable de la Unidad del Sueño del Servicio de Neumología del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac), explica que los ritmos circadianos son «como un director de orquesta muy importante para nuestro organismo», y que su desincronización puede tener efectos sobre la salud en términos metabólicos, endocrinos y en la salud mental. Incluso algunos tipos de cáncer se han relacionado con este problema.
Un estudio publicado en Environmental Health Perspectives evidenció que la exposición a luz artificial intensa durante la noche, especialmente con alto contenido de luz azul, se asocia con un riesgo entre 1,5 y 2 veces mayor de padecer cáncer de mama y de próstata. En la misma línea, investigaciones recogidas en la Revista Médica de Chile relacionan la reducción del sueño con la obesidad, debido a su impacto negativo en la regulación del peso corporal.
«Dormir menos de 7 horas ha demostrado aumentar la mortalidad por todas las causas, o sea que todo lo que estamos consiguiendo en longevidad lo podemos reducir si no cuidamos el sueño», advierte Lillo.
Las poblaciones más vulnerables a estos efectos son, además, las más sensibles a cualquier desajuste: «Adultos mayores, niños, personas con apnea. Todos aquellos que tengan un trastorno del sueño van a ser más sensibles a estos cambios. Los niños porque todavía no han terminado de desarrollar su ritmo circadiano, entonces, si entrenamos mal al núcleo supraquiasmático, el problema será mayor y a largo plazo. Y los mayores porque ya las señales del ritmo circadiano son menos robustas, la curva de secreción de melatonina tiene menor amplitud, por lo cual necesitan de otros estímulos muchas veces para marcar esos horarios de sueño», detalla la neuróloga.
¿Qué podemos hacer?
Frente a una exposición cada vez más constante y generalizada a la luz artificial, las recomendaciones para preservar el reloj biológico comienzan en el hogar. Las expertas insisten en la importancia de adoptar rutinas que favorezcan el descanso. Bonmatí recomienda reducir progresivamente la intensidad lumínica en casa a medida que se acerca la noche, evitando luces brillantes y optando por iluminación cálida para no enviar señales erróneas al cerebro que interfieran con la producción de melatonina.
Con respecto a la contaminación lumínica del exterior, Souto recomienda elegir cortinas que aíslen completamente los espacios interiores del hogar para mantener un ambiente oscuro, silencioso y con temperatura adecuada durante la noche.
Lillo, por su parte, subraya que el sueño debe cuidarse desde el comienzo del día. Entre sus consejos, destaca evitar pantallas y actividades estimulantes en las horas previas a acostarse, realizar ejercicio físico por la mañana y exponerse a luz solar durante el día para reforzar la diferenciación entre el día y la noche. También señala que los horarios de comida influyen en el ritmo circadiano, por lo que conviene no retrasar la cena para no posponer el sueño.
Aun así, los expertos coinciden en que no basta con tomar medidas individuales: hace falta un cambio en la forma en que se concibe la iluminación pública y privada. «La degradación de la salud no es instantánea; se está perjudicando nuestra futura calidad de vida», concluye Coque Alcázar.