Erik Hoel, neurocientífico: «La neurociencia opera como lo hacía la biología antes de la teoría de la evolución»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Erik Hoel es un neurocientífico, neurofilósofo y escritor estadounidense.
Erik Hoel es un neurocientífico, neurofilósofo y escritor estadounidense.

El destacado experto estadounidense explica por qué su campo de estudios necesita de una teoría general de la consciencia para salir de su atascamiento

11 ago 2023 . Actualizado a las 16:56 h.

El neurocientífico estadounidense Erik Hoel es uno de los mayores expertos en el estudio de la consciencia a nivel mundial. En el 2018 se convirtió en uno de los profesionales destacados en la lista 30 under 30 in science de Forbes, que distingue a los mejores científicos menores de 30 años de edad. Se dedicó durante años a investigar en la Universidad de Columbia y es hoy una de las voces más críticas con el campo de estudios de la neurociencia. En su nuevo libro, The world behind the world (2023), habla de la urgente necesidad de una teoría general de la consciencia. Afirma que la ausencia de una comprensión profunda del funcionamiento del cerebro es un gran impedimento para el desarrollo de nuevos fármacos y soluciones para los grandes problemas que se plantea esta rama de la investigación. En conversación con La Voz de la Salud, el experto explica qué se sabe realmente sobre el cerebro, qué falta por descubrir y por qué la novela literaria es la forma de arte más cercana a la consciencia humana.

—¿Qué sabemos a día de hoy sobre la consciencia?

—Desde un punto de vista científico, ha habido esfuerzos desde los años noventa por entender las correlaciones neuronales con la consciencia. En esa época fue cuando la neurociencia se convirtió en un campo científico convencional. La idea era descubrir qué procesos y estructuras en el cerebro generan la consciencia, se asocian a la consciencia o, en otras palabras, de dónde viene esta experiencia que todos tenemos de lo que es ser conscientes. Esta pregunta sigue estando muy abierta a día de hoy. No hemos identificado qué sucede en el cerebro cuando uno está consciente en contraposición a cuando está inconsciente, más allá de algunos aspectos muy generales, como el hecho de que el cerebro tiene una actividad más compleja cuando estás despierto que cuando no, y que procesa más información en la vigilia. Pero no hemos resuelto el problema fundamental de qué es, precisamente, la consciencia. De hecho, en muchos sentidos, no hemos avanzado casi nada y, sobre todo, no hemos hecho el tipo de avances que uno esperaría de una ciencia como esta.

—¿Por qué es tan difícil llegar a responder a esas preguntas?

—En otros campos científicos, en general sabemos cómo se va a llegar a la respuesta a un problema. Hay teorías sobre la materia oscura y sabemos cómo se probarían. Pero con la consciencia, no parece haber una solución fácil u obvia. No sabemos cómo se vería una respuesta a la pregunta de qué es la consciencia porque detrás de cada tesis sobre cómo funcionan las neuronas, sus frecuencias y sus patrones, hay una pregunta diferente: cómo es que eso va acompañado de una subjetividad, de una consciencia. Y no tenemos mucha idea de cuál sería ese nexo. Entonces, esta podría ser una ciencia distinta a otras en las que las preguntas que no se han respondido se responderán cuando haya más información. Podría haber razones fundamentales por las que es imposible tener una respuesta satisfactoria.

—¿Qué se necesitaría para entender ese nexo entre consciencia y neuronas?

—La neurociencia necesita una teoría científica de la consciencia para avanzar hacia una ciencia postparadigmática. Con eso quiero decir que la neurociencia opera como lo hacía la biología antes de que existiese la teoría de la evolución. Había biólogos y hacían biología, pero está claro que la biología no lograba hacer grandes avances porque todavía faltaba ese paradigma, esa teoría englobadora que explicara cómo todos los organismos llegaron a existir. Todo en la biología encaja dentro de esa teoría de la evolución, porque es la explicación general del porqué de todo eso que ocurre. En el caso de la neurociencia, lo que nos falta es explicar cómo se desempeña la función principal del cerebro, que es producir un hilo de consciencia. El día empieza cuando te levantas y tu consciencia se activa y todo lo que haces, cada acción que desarrollas como organismo, se explica a través de ella. Piensas: «Necesito un café» y vas a prepararte uno, y así sucesivamente. Pero la consciencia, durante mucho tiempo, se consideró una mala palabra dentro del campo de la neurociencia. La gente intentaba ignorarla y hablar solo de la atención, solo de la memoria de trabajo, solo de un concepto específico, pero nada de eso tiene sentido si lo consideramos por sí solo. La atención forma parte de la consciencia, la memoria forma parte de la consciencia. Como alguien que ha estado en ese campo de la ciencia durante casi veinte años, no tengo claro que tengamos una mejor comprensión de estos fenómenos hoy que cuando empecé. La mayoría de las veces, cuando se propone una teoría en neurociencia, la respuesta es: «Es más complejo que eso». Y eso, como explicación, no es suficiente. Creo que la neurociencia tiene problemas intrínsecos en este sentido.

—¿Por qué considera que esa teoría de la consciencia sería tan importante?

—Cuando una ciencia es preparadigmática, no tienes ninguna estructura en la que enmarcar una investigación y sin eso, es muy fácil caer en ilusiones. La mayoría de las cosas que aparecen en los papers de neurociencia son constructos artificiales, porque son promedios que se calculan a partir de datos. Las técnicas de neuroimagen no son suficientemente precisas como para distinguir resultados a nivel individual. Por lo tanto, la mayoría de los estudios no pueden apreciar resultados a nivel individual, sino que se toma a muchos sujetos y se hace una media estadística y luego se buscan correlaciones en esos datos estadísticos. Pero hay cosas que los neurocientíficos nunca hacen, como valorar si esas medias estadísticas se asocian a conductas. De hecho, los estudios que intentan hacerlo hallan que esas medias no se asocian realmente a conductas.

—¿Qué aportaría una teoría de la consciencia a la superación de esas limitaciones?

—Cuando miras un cerebro, no sabes qué actividad es importante. Hay una cantidad masiva de neuronas y de regiones y no sabes a qué escala espacial o temporal prestar atención. Ademas, las técnicas en neurociencia van desde registros de neuronas individuales hasta cambios en los flujos sanguíneos entre distintas regiones. Y no está claro cuál de esos parámetros medir para cada caso. De hecho, tenemos buenas razones para pensar que estos sistemas tan complejos no son interpretables como mecanismos. Es decir que no son como un motor de un coche, en el que cada pieza tiene una función específica. Pero tratamos el cerebro como si fuese un motor de un coche y tuviese una serie de reglas estrictas y obvias que gobiernan su funcionamiento. Creo que, probablemente, el único nivel en el que eso es así es el de la consciencia. Porque la consciencia es un proceso estable y reproducible. Por ejemplo, si miras mis respuestas cerebrales al comer chocolate, verás mucho de lo que llamamos ruido. Las neuronas variarán en la intensidad de su actividad y si es que encuentras neuronas relacionadas con el chocolate, sus patrones serán muy dinámicos, ruidosos. Tendrás que hacer una media para sacar algo en claro. Sin embargo, cada vez que como chocolate, me sabe igual. Es algo muy reproducible. Claramente, hay una ley que asocia mi neurodinámica a la experiencia que tengo cada vez que lo como. Entonces, probablemente, el nivel de análisis más interpretable en el cerebro sea ese de la consciencia. La teoría de la consciencia permitiría contar con una referencia interpretable sobre el proceso de la cognición en la que poder enmarcar los estudios y los descubrimientos. De todos modos, nuestra comprensión de la anatomía del cerebro sí que ha mejorado, pero ese no es el conocimiento central que se espera que la neurociencia pueda generar.

—¿Por qué el cerebro no funciona como un motor?

—En el funcionamiento del cerebro hay miles de millones de parámetros, es decir, variaciones. Cuando realizas una acción concreta, esa acción es el resultado de todos esos parámetros. Entonces, si se pregunta qué partes del cerebro hacen qué cosas en un sistema de ese tipo, frecuentemente no tenemos ni idea. Y las metodologías que usaríamos para ver qué está pasando en un motor, que se basan en ir apagando o aislando distintas regiones para comprobar si cada una individualmente funciona, no sirven aquí. Porque todo está conectado con todo y hay ramificaciones que van más allá de una acción determinada. Entonces, la red causal es imposible de rastrear.

—¿Qué podría aportar una teoría de la consciencia a los tratamientos para la salud mental?

—Lo que cambiaría sería que no estaríamos trabajando al revés como siempre ha sucedido. No hemos desarrollado fármacos para modular la serotonina basándonos en un conocimiento que tuviéramos sobre el funcionamiento del cerebro, sino que básicamente, teníamos esos compuestos y notamos que tenían efecto en esas conductas, y entonces desarrollamos una explicación en base a esas observaciones. La mayoría de los psicofármacos se descubrieron por casualidad, o bien son versiones refinadas de cosas cuyos efectos se descubrieron por casualidad. Y eso no es lo que queremos de una ciencia, queremos partir de la comprensión del funcionamiento del cerebro para así poder desarrollar fármacos que actúen sobre él. Pero nosotros seguimos atascados en este proceso inverso.

—¿Ese proceso inverso es el mismo que está llevando al uso de los psicodélicos para la salud mental que se está explorando cada vez más?

—Lo que creo que sucedió en ese caso es que mucha gente consumía drogas psicodélicas y luego reportaba sentirse mejor. Tantas personas percibieron esos efectos que, finalmente, los investigadores empezaron a tomarlo en serio como posible tratamiento. Eso está muy bien, pero en términos de cómo fluyen las causalidades en ese proceso, sigue siendo bastante rudimentario. Es muy infrecuente trabajar desde un conocimiento del funcionamiento del cerebro y desarrollar fármacos para tratar las condiciones. Y el hecho de que eso casi nunca ocurra es un indicador de que algo va mal con nuestro campo de estudios.

—¿Qué podemos aprender de nuestra consciencia estudiando a los animales?

—Es indiscutible que los animales tienen consciencia, aunque esta probablemente varía entre especies. Pero sienten placer y dolor, están conscientes de lo que sucede a su alrededor. Los cerebros de los animales son más simples que los nuestros y sus cerebros son más accesibles. Pensemos que no se puede abrir el cráneo de una persona para estudiar su cerebro, solo podemos mirarlo cuando la persona está siendo sometida a un procedimiento porque tiene un problema.

—¿El hecho de que los animales no tengan lenguaje como nosotros no hace que su consciencia sea fundamentalmente distinta de la nuestra?

—El lenguaje es una parte importante de la consciencia humana, pero también hay muchas personas que no tienen uso del lenguaje por trastornos del desarrollo o por distintos motivos, y siguen siendo conscientes, siguen sintiendo dolor y placer. Es distinto a, pongamos, una silla. No existe tal cosa como ser una silla, no tiene sentimientos, no tiene valores morales. La postura de que la consciencia viene del uso del lenguaje en neurociencia es muy débil. Porque incluso una abeja tiene experiencias que podríamos considerar conscientes.

—¿Llegaremos a conocer lo que pasa con nuestra consciencia después de la muerte, o cuando nos desmayamos, o al dormir?

—Yo podría darte una descripción bastante precisa de lo que ocurre cuando te duermes en la fase profunda sin sueños, frente a lo que sucede en la fase REM cuando aparecen los sueños. Pero el tema pasa por otro lado. A un nivel específico, por qué dormimos, por qué soñamos, por qué tenemos exactamente los sueños que tenemos, todo eso todavía no lo sabemos. Hay distintos niveles de explicaciones de estos fenómenos. En algunos de ellos, que son los de la mecánica, la neurociencia trabaja bastante bien. Pero cuando indagas en el porqué detrás de esos fenómenos, no tiene ninguna respuesta satisfactoria.

—En el libro afirma que la novela es la forma de arte más cercana a la consciencia. ¿A qué se refiere?

—Crecí en la librería independiente de mi madre, rodeado de libros, y siempre he pensado que los libros son especiales. No creo que sean mejores que la televisión o las películas, pero sí que aportan algo que otros medios no. Es distinto leer Harry Potter que ver las películas de Harry Potter y el motivo es que en los libros tienes acceso a la consciencia de los personajes. Si el libro pone: «Harry está enfadado», te está diciendo lo que le sucede a nivel interno. Pero para mostrar eso en una película, tendrías que mostrar al actor haciendo una mueca o teniendo determinada conducta y así, como espectador, podrías deducir cuál es la emoción que hay detrás. Los humanos somos buenos deduciendo emociones, lo hacemos todos los días. Pero ¿y si Harry Potter está recordando algo del pasado? Para enseñar eso en una película tienes que poner todo el recuerdo en otros colores, o se tiene que ver una nube. En ese sentido, los realizadores de cine están constantemente frustrados por la dificultad del medio para presentar esas cosas desde una perspectiva interna, para acceder a la mente de sus personajes. En cierto modo, creo que todos los directores de cine quieren ser novelistas. Porque lo que logran las películas realmente buenas es hacer un estudio profundo de un personaje y es difícil hacer eso sin acceso a su mente. No se trata de que un medio sea mejor que el otro, sino de la particularidad de un medio y de otro. Es interesante que los escritores sepan desde hace tanto tiempo describir el interior de la mente humana mientras que la ciencia sigue batallando con eso.

—¿Y qué ocurre con la música? ¿Tiene acceso a la consciencia?

—La música es para estimular la consciencia, es una cosa diferente. Si las novelas nos dan acceso a la mente de los personajes, la música lo que nos permite es acceder a la consciencia de quien nos escucha para inducir estados emocionales y cognitivos, que es lo que todo arte busca. Pero con la música es muy directo e inmediato. No requiere de que conozcas a un personaje y te involucres en su vida. Si la madre de Bambi muriera en el primer minuto de la película, no tendría el mismo impacto que a los 25 minutos, porque el desarrollo narrativo es lo que lleva a que tengas esa respuesta emocional. En cambio, con la música, la emoción es inmediata, aunque no tenga un aspecto representacional.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.



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