Álvaro Carmona, doctor en Medicina Molecular: «Dentro de poco nos llevaremos las manos a la cabeza por cómo se recetan hoy las benzodiazepinas»
ENFERMEDADES
El experto propone en su último trabajo un repaso a la Historia del Arte y la Medicina, asegurando que podemos entender a los grandes pintores como cronistas de la historia de la salud
10 mar 2026 . Actualizado a las 10:15 h.Desde las primeras pinturas rupestres hasta las ilustraciones digitales de hoy, el arte ha sido siempre el vehículo de expresión de la humanidad. Un medio para construir realidades y para tratar de encontrar o inventar el sentido de aquellas cosas que no comprendemos. El doctor Álvaro Carmona, conocido en redes sociales como @sdesiensia, explora a través del arte la relación del ser humano con la salud, con la enfermedad y con la muerte. Analizando las grandes obras maestras de la historia del arte, el investigador especializado en Medicina Molecular nos guía en un recorrido por las transformaciones por las que hemos ido pasando a medida que la ciencia ha ido avanzando, haciendo obsoletos los saberes populares de los curanderos de antaño. El resultado es su nuevo libro, Le seré sincero, no pinta bien (Crítica, 2026), un viaje por la historia del arte desde una óptica médica.
—El libro empieza a partir de una visita a museos en Roma. ¿En qué momento se dio cuenta de que en ese recorrido había una historia que podía entrelazarse con la divulgación?
—Fue progresivo. Encontrarme con la primera obra en el Palacio Colonna me abrió los ojos durante mi época de doctorado, pero no fue el momento clave. Fue el hecho de encontrarme otras obras similares en el Museo del Prado, en la Galería Uffizi o en la Galería de la Academia de Florencia. Allí donde iba encontraba pequeñas piezas de un puzle en diferentes museos y eso le dio un sentido a la conexión entre arte y medicina. Al final, me di cuenta de que podemos entender el arte y a los artistas como cronistas de la historia de la medicina, de aquellas sensibilidades que la humanidad ha tenido.
—A través de las obras realiza diagnósticos retrospectivos. ¿Dónde está el límite entre lo especulativo y lo que realmente se puede saber a partir de una imagen?
—Parte de lo que se aborda en este libro es especulativo, lógicamente. No estábamos allí, no conocíamos a las personas que aparecen en estas obras. Pero cuanto más conocido sea un personaje, más registro habrá sobre él, escrito y de imágenes. Por ejemplo, el caso de la infanta Margarita, hermana de Carlos II. Tenemos un registro pictórico muy grande y hay retratos de la infanta desde que era bebé, entonces, podemos ver cómo evolucionó su salud. Sabemos que fue aumentando el volumen de la zona de la glándula tiroidea y podemos especular con un bocio tiroideo o con un hipertiroidismo por el aumento del volumen de los ojos. Pero siempre hablamos en condicional, no deja de ser un juego de especulación.
—Algunas historias que menciona en el libro son poco conocidas. ¿Cuál es la más interesante, desde su punto de vista?
—Hay una historia que a mí me dejó fascinado y es la de Gregor Baci, un húsar húngaro que durante un asedio recibió una lanzada que le atravesó el cráneo y salió por detrás del cuello. Tuvo tan buena suerte, entre muchas comillas, que sobrevivió durante un año. También, a nivel epidemiológico, es interesante analizar obras como El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo. Esa percepción de la enfermedad es impactante.
—Hay muchas cosas que no conocemos sobre cómo se vivía en aquella época una epidemia como la peste. ¿Qué significó a lo largo de la historia una enfermedad como esa, que acabó con una parte importante de la humanidad?
—Si tomamos una obra como El triunfo de la muerte, podemos analizarla de dos maneras. Una es el punto de vista de la construcción social de la enfermedad y cómo la percibe la sociedad. Otro es el punto de vista de la epidemia de la peste en Europa y cómo esto dejó un correlato artístico. Esta epidemia dejó unas huellas y un impacto no solo psicológico o social, sino también genético. La peste bubónica provocó una selección de los genes ERAP1 y 2, que se relacionan con una hiperactividad del sistema inmunitario y es algo que hoy se asocia a las enfermedades autoinmunes. Todavía no sabemos hasta qué punto una pandemia como la del SARS-CoV-2 puede haber modulado de una manera u otra a nivel genético la población.
—A lo largo de la historia, muchas enfermedades han sido interpretadas desde el punto de vista religioso como castigos divinos. ¿Hasta qué punto permean estas creencias en la ciencia?
—Es cierto que el conocimiento médico ha avanzado y mucho más tiene que avanzar. Hoy sería impensable achacar un ataque epiléptico a un espíritu que viene y te anula, pero también hemos visto casos concretos recientes como el de un grupo de policías que se puso a rezar alrededor de una chica a la que le había dado un ataque epiléptico. Esto ha ocurrido en esta década. Hemos visto también el resurgir de pseudociencias como el tarot o el reiki. Al fin y al cabo la gente intenta agarrarse a estas creencias cuando hay algo que no comprende.
—De alguna manera, aunque hoy disponemos de información que antes no, persisten estas pseudociencias.
—Absolutamente, incluso con la difusión masiva de contenido sanitario en redes sociales. Porque aunque nosotros trabajemos con rigor, da igual el conocimiento que tengas, los algoritmos miran los números. Un ejemplo claro es el chupito antiinflamatorio que se ha puesto de moda en las redes, que no es más que zumo de limón con cúrcuma en ayuno por la mañana. Las personas que se hacen eco de este supuesto remedio dudo que sepan lo que es una ciclooxigenasa, una prostaglandina, un leucotrieno o cómo funciona la inflamación en el cuerpo, cuándo es necesaria y cuándo no. Antes, el chamán de turno, un pseudomédico o un barbero era el referente, pero actuaba a nivel local en su zona. Actualmente, tenemos el arma de doble filo que son las redes sociales, con su alcance global.
—Hoy nos parecen increíbles algunas prácticas que se vinculaban antiguamente a la medicina, como la trepanación, que consistía en hacer una perforación en el cráneo para que salieran las enfermedades. ¿Qué prácticas actuales dejaremos de lado con el tiempo?
—No hace falta irse tan lejos en el tiempo. Si hoy nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos cómo en los noventa se recetaban antibióticos como chucherías y ahora tenemos cepas de bacterias multirresistentes, creo que dentro de poco nos llevaremos las manos a la cabeza cuando nos acordemos de cómo se recetan actualmente, por ejemplo, las benzodiazepinas. Este no deja de ser el proceso natural de la evolución de la medicina. Es inevitable que exista ensayo y error. Aunque la práctica se basa en guías clínicas, creadas a partir de revisiones sistemáticas y de metaanálisis, hasta que no se aplican de manera masiva en la población no se ven esos pequeños fallos que por estadística no saldrían en los ensayos clínicos.
—Una de las historias más interesantes del libro es la de las personas que se sometían a procedimientos para quitarles una piedra que les provocaba la locura. Es curiosa esa manera de relacionarse con la salud mental, un ámbito de la medicina en el que justamente no siempre hay una causa concreta conocida para lo que nos pasa.
—Hay mucho debate sobre si realmente esas prácticas se llevaban a cabo o no, porque hay representaciones de ello, pero no se sabe. Yo creo que si hay tantas representaciones de diferentes artistas y de períodos no contemporáneos, en diferentes partes de Europa, de esta práctica, probablemente, en algún momento eso ocurrió. Al final, se trataba de un paciente que ponía su confianza en manos de una persona que en principio sabía más que él. Y si un pseudomédico te dice que en el cerebro se producen cálculos, desde tu desconocimiento, trasladándonos al siglo XVI, tiene sentido que creas ese argumento. Ese era el argumento bajo el cual someterse a este tipo de intervenciones sin asepsia, antisepsia ni curas, esta apertura del cráneo en medio de un mercado. Al final, en el cerebro no había ninguna piedra, simplemente, en medio de esa vorágine de gritos y dolor, el cirujano sacaría del bolsillo un guijarro, lo empaparía en sangre y te lo entregaría diciéndote que esta era la piedra que tenías. Algunos de estos pacientes se quedarían tranquilos, bien por el efecto placebo, o bien porque les rebanaban un trozo del lóbulo frontal. Lo que les habían hecho era una lobotomía.
—¿Cree que el arte ha cambiado su manera de entender la medicina?
—Sí, totalmente. Ya no puedo plantarme delante de un retrato o de un cuadro sin fijarme en tal articulación, tal rojez en la cara o si hay una desviación en el ojo. Y este es el objetivo principal del libro. Si nos paramos a mirar un retrato en un museo, que podamos ser capaces de ver detrás de ese señor o de esa señora había una persona, una historia, un padecimiento, una vida. En la medicina pasa que se pierde un poco la perspectiva de la humanización del paciente. Para un clínico que está dando un diagnóstico, ese puede ser el paciente número 30 del día, pero para ese paciente, ese día concreto en el que recibe la mala noticia se le cae el cielo encima. Aplicar esa humanización del arte a la práctica médica y a la persona que tenemos delante es importante.