Saul Martínez-Horta, neuropsicólogo: «Hay enfermedades del cerebro que no vamos a poder evitar»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Saul Martínez-Horta es neuropsicólogo.
Saul Martínez-Horta es neuropsicólogo. ANGEL MANSO

El experto considera que confrontar al paciente que padece una enfermedad como el alzhéimer con nuestra realidad, «esa que antes también era suya pero ya no lo es, genera mucho malestar y empeora más la situación»

20 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Una invitación a mirar el cerebro como un cielo interior, donde cada función es una estrella y cada enfermedad, una forma distinta de oscuridad. Es la propuesta de Saul Martínez-Horta, neuropsicólogo en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau y director de la unidad de Neuropsicología del Centro de Diagnóstico e Intervención Neurocognitiva (CDINC), de Barcelona, con su nuevo libro, El cielo que olvida sus estrellas (geoPlaneta, 2025). Una guía para conservar ese cielo lo más claro posible, durante el mayor tiempo posible. «Me parecía importante trasladar conocimiento sobre las enfermedades neurodegenerativas, profundizar más sobre ellas, para que la población entienda qué son». 

—¿Cómo percibimos el mundo?

—He dedicado una parte muy importante a ejemplificar con mucha metáfora cómo entendemos actualmente que este órgano nos permite percibir el mundo, comprenderlo, expresar emociones y movernos. Creo que eso es fundamental para poder comprender después por qué las enfermedades adquieren el aspecto que adquieren. Una vez que he entendido cómo lo hace el cerebro para que suceda todo esto, me es mucho más fácil comprender por qué este tipo de enfermedad, que estropea este tipo de cosas, da lugar a este tipo de síntomas. Incluso creo que la comprensión en sí mismo de lo que es un síntoma en el contexto de una patología del cerebro resulta mucho más fácil.

—Esta percepción del mundo puede variar entre nosotros aunque no tengamos ningún tipo de enfermedad. 

—Sí, hay una parte que es difícil de experimentar, pero obedece, de algún modo, a lo que sabemos que hacemos cuando nos exponemos al mundo. El externo, pero también el interno. Es algo parecido a una ilusión cuidadosamente construida por parte del cerebro, porque es incapaz de elaborar, de procesar toda la realidad a la que nos exponemos y atribuirle un significado preciso a cada una de las cosas que está alrededor. Es una excelente máquina de predicción, de anticiparse a qué es lo más probable que esté sucediendo ahí fuera, y con ello nos permite atribuir rápidamente un significado y forma a todo lo que acontece en nuestro entorno, pero también, como digo, en nuestro mundo interno. 

Eso hace que, en cierta medida, la realidad que experimentamos no sea exactamente idéntica. Tiene muchos matices emocionales, pero también la imagen misma, el aspecto de un recuerdo, el cómo yo percibo más que veo. Eso que está ahí fuera depende de todos los elementos que usa mi cerebro para darle forma y sentido a la realidad, y pueden ser distintos a los que usa el cerebro de otra persona.  

—¿Qué es la neurodegeneración?

—En esencia, son muchos los mecanismos que pueden estar detrás. En última instancia, desencadena un fallo irreversible de la actividad de las células del sistema nervioso, que conlleva a su progresiva muerte. De modo que la neurodegeneración es muerte progresiva en esencia de las neuronas, que son las células cuya función y organización permite que despleguemos los procesos que nos definen como seres humanos.

—Esta degeneración puede desencadenar varias enfermedades. 

—O varias enfermedades distintas desencadenan neurodegeneración y según cómo sucede dará lugar a esas formas distintas, a un aspecto diferente. Una determinada enfermedad puede tener predilección por provocar neurodegeneración en una serie de estructuras o redes del cerebro y otra puede tener predilección por otra. El que se estropeen unas u otras lo que hace es que el aspecto de las patologías sea distinto, obedeciendo a qué es lo que se está estropeando. Si lo hacen zonas relacionadas con la memoria, el síntoma serán fallos de esta. Cuando lo hacen las relacionadas con la percepción del entorno, predominan las dificultades para comprender el espacio que está a mi alrededor, por ejemplo. 

—A veces, el paciente no es capaz de reconocer que tiene una enfermedad. Algo que se conoce como anosognosia, tal y como usted apunta. ¿Qué sucede exactamente? ¿Hablamos de un fenómeno psicológico, de no querer aceptar la enfermedad, o neurológico?

—Muchas veces, la anosognosia es un síntoma que obedece a una disfunción neurológica. Puede suceder de distintas maneras, pero en última instancia hace que la persona no reconozca, o lo haga de manera parcial, los síntomas que tiene. Se puede expresar de muchas maneras. Una persona con un profundo déficit de memoria, que no se da cuenta de que tiene una alteración en la misma. O alguien con un déficit motor, que es incapaz de mover una pierna o un brazo, y no lo reconoce.

Para muchas personas que conviven con el paciente con anosognosia, les parece que se niega a aceptar una realidad, aludiendo quizás a conceptos un tanto anticuados del terreno más del psicoanálisis, de la idea de negación. La realidad es que no hay un acto deliberado de querer negar el síntoma para protegerse, sino que esa ausencia de conciencia sobre el propio síntoma, en realidad, es un síntoma en sí mismo. Cuando el cerebro es incapaz de integrar la información que le llega y de atribuirle el significado correcto, por muchos motivos, no es capaz de reconocer qué es lo que está sucediendo allí. Y eso genera uno de los escenarios más habituales y a la par, digamos, más fatigantes, de quien convive con una enfermedad de este tipo, que es cómo dificulta el manejo del paciente, incluso a veces el diagnóstico, el hecho de que la persona se encuentra perfectamente bien o no reconoce ciertos síntomas.

—¿Cómo le repercute?

—Está marcadamente irritable, incluso violento, y se reconoce como una persona súper tranquila que no causa ningún problema. Es un escenario de gran complejidad, pero que las personas tienen, de algún modo, que aprender a identificarlo como un síntoma y no como una reacción psicológica.

—¿Qué es el síndrome corticobasal?

—El síndrome corticobasal no es una enfermedad en sí misma, sino un conjunto de signos y síntomas que pueden aparecer como consecuencia de padecer distintos tipos de enfermedades. Predomina la manifestación clínica de tipo parkinsoniano, en forma de rigidez y enlentecimiento. Predomina también la pérdida de la habilidad para reproducir o ejecutar determinadas secuencias de gestos, de movimientos con las extremidades, o de no reconocer mediante el tacto qué estoy tocando con las manos. Una particularidad es que esto aparece en una parte del cuerpo, es un síndrome muy asimétrico. 

—No todos los pacientes de párkinson sufren el síntoma más típico, los temblores. ¿Qué otras manifestaciones existen?

—En primer lugar, el parkinsonismo es un conjunto de síntomas, entendidos, sobre todo, como enlentecimiento y rigidez a nivel de extremidades. No todas las personas con parkinsonismo tienen una enfermedad de Párkinson, pero una persona diagnosticada, siempre presenta síntomas de parkinsonismo.

La mitad de las personas con enfermedad de Párkinson no presentan temblor ni lo desarrollan a lo largo de ella, con lo cual no es un síntoma central. Sí lo es el enlentecimiento y la rigidez. Y es una idea que es importante transmitir, que el párkinson no es una enfermedad de personas que tiemblan, sino que es algo que aparece en una proporción importante de pacientes, pero ni mucho menos en todos.

—En el libro explica varias enfermedades neurodegenerativas. Algunas, con cierto componente genético, pero también ambiental. Llama la atención la enfermedad de Huntington, que se desarrolla si eres portador de la mutación de manera inevitable. 

—Sí. Para la mayoría de enfermedades neurodegenerativas, no conocemos una causa exacta que ponga en marcha toda esa maquinaria que lleva a la degeneración. Sí tenemos claro que, en muchos casos, hay factores o mecanismos genéticos que le añaden más riesgo. En la mayoría de enfermedades neurodegenerativas frecuentes, aunque exista una predisposición genética, no las causa solo la genética, en cambio hay otras, y el paradigma de estas es la enfermedad de Huntington. Presentarla depende única y exclusivamente de que se tenga una mutación genética. Son enfermedades genéticamente determinadas, en las que si la persona hereda la mutación de un padre o madre que también la tenía, su descendencia también desarrollará la patología si hereda la mutación. Es cierto que el Huntington es el paradigma de enfermedad neurodegenerativa genéticamente determinada, pero es importante también saber que hay otras frecuentes que habitualmente no están causadas por mutaciones genéticas, pero que existen formas genéticamente determinadas también.

—¿Puede ponerme un ejemplo?

—Claro. Hay formas genéticamente determinadas de enfermedad de alzhéimer y de párkinson.

—En el libro clasifica las enfermedades neurodegenerativas, pero ¿cómo de fácil es que una persona que tiene unos síntomas neurodegenerativos tenga un diagnóstico preciso? Porque, a veces, una demencia con cuerpos de Lewy puede confundirse con alzhéimer. 

—Sí, uno de los retos que imponen estas enfermedades es que los casos de manual, habitualmente están en los manuales. La realidad clínica es muy plural. Tú no decides en qué momento ves a un paciente, las personas llegan a ti con síntomas más o menos evidentes. No siempre es fácil y también diría que el sistema no siempre dispone de todos los recursos. No es lo mismo que una persona con una enfermedad minoritaria neurodegenerativa termine en manos de un experto en esa patología, que que termine en manos de otro que nunca ha visto una de este tipo.

Cuando no hablamos de las formas típicas donde hay un flagrante y evidente trastorno de la memoria, a veces estas patologías se presentan con síntomas que los podemos confundir con otras cosas. Es imprescindible transmitir que quienes mejor conocen a la persona es su entorno, a veces, mejor que nosotros como profesionales, vienen detectando que algo no está como antes. Ahí hay que profundizar. Es un ejercicio que no siempre es fácil, pero que con dedicación, se puede resolver. Acabamos poniendo nombre y apellidos a lo que está sucediendo. 

—¿Cuáles son los mayores enemigos de la salud de nuestro cerebro?

—El mayor enemigo es tener un estilo de vida poco saludable, especialmente en lo relativo al cuidado y a la prevención de los factores de riesgo cardiovascular. Parece obvio, pero lo repetimos hasta la saciedad. Hemos acumulado niveles de evidencia ingentes en lo relativo a cómo afecta o a cómo incide una mala salud cardiovascular a nuestro cerebro. Es verdad que no tenemos que confundir la prevención con el hecho de evitar que suceda algo. Quiero decir, hay enfermedades del cerebro que no vamos a poder evitar que sucedan. Pero es imprescindible que la gente entienda que el cuidado o incidir en estos factores contribuye de una forma muy significativa al cómo va a suceder, al pronóstico mismo de estas enfermedades. Con lo cual, el peor enemigo que tenemos es abandonarnos a nivel de estimulación y de autocuidados muy obvios.

—Cuando ya existe ese diagnóstico no es fácil gestionarlo a nivel familiar. Según sus palabras, en esos contextos, las preguntas «¿pero no me ves?» o «¿no sabes quién soy?», solo generan frustración. 

—En primer lugar, es muy importante entender que, en ausencia de poder curar estas enfermedades, disponer de un lugar desde donde comprender qué está sucediendo ayuda y mucho. Es decir, somos conscientes que no podemos curar un alzhéimer o una demencia con cuerpos de Lewy, pero para quien convive de manera cotidiana, ha convivido y va a convivir, tener una explicación no es solo: «Muy bien, esto se llama así», sino ofrecer herramientas para entender mejor por qué ha sucedido eso, qué implica y qué va a suceder después. Solo así, entendiendo muy bien qué hay detrás de ciertos síntomas, podemos entender mejor cómo interactuar con los síntomas que presenta el paciente. Y un ejemplo muy claro es el que tú comentas. Para muchas personas, descubrir que la persona que ha vivido siempre a su lado, de pronto, no la reconoce, se convierte en algo que es muy desagradable y frustrante. Pero tenemos que entender que para esa persona que no te está reconociendo, ese instante es la realidad.

—Dos realidades que se confrontan.

—Claro. Y confrontar al individuo en ese momento genera una situación de mucha descompensación. Es como si yo, a una persona que lleva puesta una camiseta roja le afirmo que no la lleva. O como si a alguien que no me conoce de nada, porque nos acabamos de encontrar en la calle, empieza a insistir en que cómo puede ser que no la reconozca. Esa ambivalencia, esa falta de coherencia de la realidad de esa persona, desestabiliza mucho. De manera que el manejo de los síntomas, cualquiera que sea de los pacientes con enfermedades de este tipo, se tiene que hacer atendiendo a qué significa causa y síntoma. Porque en muchos casos, confrontar al paciente con nuestra realidad, esa que antes también era su realidad pero ya no lo es, genera mucho malestar y empeora más la situación.  

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.