José Antonio Caminero, neumólogo: «Estamos siendo demasiado permisivos con el tabaquismo»

ENFERMEDADES

El profesor José Antonio Caminero, próximo académico de la Ranme.
El profesor José Antonio Caminero, próximo académico de la Ranme.

El experto acaba de ser elegido para ocupar el primer sillón dedicado a la neumología de la Real Academia Nacional de Medicina de España

07 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Es vox populi, en el mundo de la tuberculosis, que si alguien tiene una duda respecto a un caso le puede escribir a Pepe Caminero, quien responde rápido y eficaz. José Antonio Caminero (Valdepeñas, Ciudad Real, 1958) reconoce que lo hace de buena gana y de corazón. Después de toda una vida dedicada a la neumología, el nacido en Castilla La Mancha, pero medio canario, porque allí ha desarrollado toda su carrera profesional, tiene el honor de estrenar el primer sillón dedicado a la neumología en la Real Academia Nacional de Medicina de España. A partir de octubre, el jefe del servicio de Neumología del Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín y catedrático se sentará en el sillón número 37. 

—¿Le pone presión?

—Un poco, pero también me da una gran oportunidad. Es una inmensa alegría que se pueda estrenar ese sillón y para mí es un auténtico orgullo ser el que lo haga. Por eso lo veo más como una oportunidad que como una presión. 

—¿Cómo es posible que el pulmón todavía no se sentase con los académicos?

—También me sorprende un poco, porque si miras las patologías más prevalentes que hay ahora mismo en la comunidad, la neumología está a la cabeza. Además, como yo digo habitualmente, siempre que se colapsan los hospitales y los sistemas sanitarios, sucede en invierno por los virus respiratorios que llegan. No solo es el covid, es la gripe o el virus respiratorio sincitial. Pienso que también ha tenido que ver con que la neumología, a veces, no está lo suficientemente valorada con respecto a lo que debería ser. Entre las diez principales causas de muerte en el mundo, cuatro son neumológicas: enfermedad pulmonar obstructiva crónica, neumonías y las infecciones de vías recreativas superiores, el cáncer de pulmón y de vías aéreas superiores, y la tuberculosis.

—La tuberculosis, precisamente, siempre ha tenido mucho peso en su carrera. 

—Sí. Tiene que ver con esta vida, con que si tienes un gran problema y buscas buenas soluciones, se transforma en una gran oportunidad. En la época en la que yo nací, había mucha pobreza en España, sobre todo en algunas zonas concretas, como era La Mancha, como podía ser Extremadura, como podía ser Andalucía. Yo, además, nací en el seno de una familia con muy pocos recursos, y como la tuberculosis es una enfermedad que se asocia fundamentalmente a la pobreza, probablemente por todo ello nos pilló de lleno. En mi familia hubo fallecimientos por tuberculosis, mi padre estuvo muy enfermo y yo mismo, cuando tenía seis años, tuve una tuberculosis en los ganglios del cuello, una forma de la enfermedad llamada escrófula. Todo aquello me determinó, claramente, a dos cosas. Por un lado, a estudiar Medicina. Yo no vengo de una familia de médicos, las condiciones económicas no lo daban pero trabajé muy duro para poder hacerlo. Y, por otro, quería entender esta enfermedad, por eso también tiré por la neumología.  Aunque he sido neumólogo general toda mi vida y mi consulta está llena de pacientes de todo tipo, de una manera muy especial me he dedicado a estudiar esta enfermedad con un sentimiento doble. Uno más doloroso, por el daño que ha podido causarnos, pero también de admiración por cómo una enfermedad ha podido sobrevivir a lo largo de millones de años, superando el sistema inmune de la especie humana con cierta estabilidad. 

—¿La sociedad española se ha olvidado de esta patología? Causó muchas muertes en la primera mitad del siglo pasado en el país. 

—Sí, se nos ha olvidado y, además, con la falsa sensación de que es una enfermedad que se ha ido y no es cierto para nada. A nivel mundial, sigue siendo la enfermedad que más mata en el mundo por un agente infeccioso, mucho más que el sida y que la malaria. Cada año se producen en el mundo más de diez millones y medio de casos, y 1.300.000 muertes. Por así decirlo, aunque no sea tal cual, es una bacteria que ha ido adquiriendo inteligencia a lo largo de los años. Se ha ido adaptando y como le sucede a todas estas bacterias con las que convivimos durante mucho tiempo, se ha ido desplazando poco a poco hacia los segmentos más vulnerables de la población. Por eso, la tuberculosis es una enfermedad de pobres; de pobres de los países ricos y de pobres de los países pobres. Para comparar, tienen más los pobres de los países ricos que los ricos de los países pobres.

—¿Se puede tener la bacteria en el organismo y no desarrollarla? 

—La enfermedad, que es infecciosa, está producida por una bacteria, no por un virus. En la forma más frecuente, el 80 % de las veces está en el pulmón. La persona que tiene tuberculosis tose y, al hacerlo, expulsa bacterias que pueden ser inhaladas por las personas a su alrededor. Se transmite de forma muy parecida al covid. ¿Qué sucede? Que no es tan agresiva, tan fuerte, y el organismo se defiende bien de ella. De hecho, de cada cien personas que inhalan los bacilos y se contagian, solo diez padecen la enfermedad. En las otras noventa se queda en un estado latente, controladas por las defensas, solo que si el paciente se debilita, pueden reactivarse. Esos noventa pacientes son lo que llamamos un reservorio sano e infectado, que no transmite. Solo que, después, las diferentes condiciones que pueden afectar a ese reservorio, como, por ejemplo, si se infectan por el VIH, si tienen una diabetes descompensada, si se hacen muy mayores, podría resurgir.

—La tuberculosis en España ha experimentado un repunte, con 4.624 casos notificados en 2024, un 10 % más que el año anterior. ¿Cómo valora esta situación?

—Creo que hay que ver ese repunte con una perspectiva mayor y esperar a ver si se produce en los datos del 2025. España se sitúa en lo que se llama los países de baja prevalencia, porque tiene menos de diez casos por cada 100.000 habitantes. No son muchos pero, claro, suman más de 4.000 pacientes, que no son pocos. Está ligado a los segmentos más vulnerables de la población, aunque todo el mundo la pueda padecer. A este incremento hay que hacerle caso. Pero hay otro dato de ese informe que me gustaría tratar: que en torno al 60 % de la población afectada ha nacido fuera. Cuando hablamos de esto, la gente rápidamente habla de los inmigrantes y tratan de echarles la culpa. Efectivamente, hay más tuberculosis en ellos, pero no es porque vengan con más enfermedad. De hecho, las personas que se bajan de las pateras —que es algo que en Canarias vemos mucho— son los segmentos más fuertes.  No vemos que se baje ni un cojo, ni un ciego, ni un manco, ni un débil, ni un viejo. Y si bien estas personas se han podido contagiar en su país de origen, la enfermedad no se ha desarrollado. Tal y como ocurre a muchos españoles. ¿Qué pasa? Que nosotros les debilitamos con las condiciones a las que los sometemos aquí. Es decir, llegan y empiezan a comer poco, a ser explotados, a vivir hacinados y, en esas circunstancias, nosotros también la padeceríamos. Y esto yo lo sé porque hago cribados de las personas que llegan en pateras a las costas canarias. No tienen tuberculosis, la desarrollan después. Al año, dos o tres, cuando viven en condiciones nada agradables. No quiero que cale el discurso contrario, que me produce dolor. 

—¿Sigue pasando una semana de cada cuatro visitando zonas donde la tuberculosis es endémica?

—Lo que solía hacer, de manera continua, era que estaba unas cinco semanas en el hospital, y una fuera. Ahora lo estoy haciendo un poco menos, por aspectos que, la verdad, también son dolorosos. Cuando iba a asesorar a los diferentes países, estaba costeado por fondos internacionales; fondos que se han cortado de raíz con el nuevo presidente de los Estados Unidos, como ocurrió con la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés). Esta entidad apoyaba mucho todos estos programas de tuberculosis en los diferentes territorios. Por eso, desde hace un año y medio, los visito mucho menos. Lo que sí hago, que también es importante, es la asesoría y la conferencia online, que por supuesto es gratuita. 

—Pero el «online» comenzó antes. Desde 1996, ofrece apoyo telemático a miles de pacientes entre las seis y las siete de la mañana. 

—Sí. Esto empezó en su tiempo porque, a raíz de los países a los que iba, tenía casos de pacientes complicados de neumología y, particularmente, de tuberculosis. Los doctores me escribían. Yo siempre he pensado que si un médico te escribe hay que apoyarle, por eso siempre tuve por costumbre darles respuesta en 24 horas, también para que ellos pudiesen tomar una decisión con ese paciente. Al principio, eran pocos casos, pero usted ya sabe cómo funciona el boca a boca, y ahora ya me dicen que hay una recomendación mundial de que si hay algún problema, que escriban a Pepe Caminero, que en 24 horas les contesta. Y claro que es así, porque no quiero fallarles. Es algo que hago porque quiero, pero me llena mucho. Por eso, todos los días, a las seis de la mañana, estoy contestando una media de tres o cuatro casos diarios que son complicados. 

—¿Se para mucho con ellos?

—Me gusta mucho la docencia, así que siempre me lleva mucho tiempo contestarles. También porque no quiero decirles lo que deben hacer, sino que razono con ellos para tener un poco más de impacto. 

—Deduzco que le gusta madrugar. 

—Sí, lo hago todos los días por rutina. Incluso cuando me acuesto tarde, no puedo levantarme tarde. Es la rutina que más me gusta y de la que más disfruto. 

—En alguna ocasión también compartió su experiencia trabajando con poblaciones indígenas y el abordaje de la tuberculosis. 

—Ahora, por ejemplo, una de las cosas que preocupan a nivel mundial, con respecto a la tuberculosis, es que la bacteria se ha ido hacia las poblaciones más vulnerables. Y una de las que más lo son, son las indígenas. Yo colaboro mucho con la parte de la Organización Mundial de la Salud que está en Latinoamérica, que es la Organización Panamericana de la Salud. Ahí tenemos un programa para trabajar sobre poblaciones indígenas. Hay muchas estrategias para poder hacerlo. De entrada, por supuesto, tienes que entender la idiosincrasia de esa población. Hace muchos años, cuando aún no se trabajaba con ellos, recuerdo llegar a una comunidad indígena en Panamá en la que los médicos no gozaban de buen prestigio, pero sí lo tenían los curanderos. Yo me llevaba muy bien con ellos e intentaba que hiciesen lo que me parecía más adecuado. Todo esto que te cuento se remonta a cuando no había programas específicos para estas comunidades. Ahora, como te decía, son las más más vulnerables, reproducen unas tasas de enfermedad auténticamente del siglo XIX, por lo que sí hay proyectos específicos. 

—¿Cómo beneficia o perjudica nuestro estilo de vida a nuestros pulmones?

—Hay dos cosas. Si lográramos quitar el tabaquismo, creo que la enfermedad pulmonar obstructiva crónica prácticamente desaparecería con el tiempo. Más de un 90 % se debe al tabaco. Las leyes contra el tabaco han ido avanzando, pero creo que siguen siendo demasiado permisivas. Mi opinión es que no se debería permitir fumar, por ejemplo, en espacios públicos, en las terrazas o al aire libre. Recuerdo cuando se prohibió fumar dentro de las discotecas, de los bares, y que hubo algunas manifestaciones, pero se demostró que aquello era bueno. No puede ser que estemos permitiendo ser tan laxos con algo que produce tantísima mortalidad. Y la otra, que tenemos muy frecuente, es el síndrome de apnea del sueño, que es una enfermedad presente entre el 10 y el 15 % en la población. Por encima de 50 años, es tremendamente frecuente, y eso está clarísimamente ligado al sobrepeso y la obesidad, es decir, también son hábitos que si se redujesen nos podríamos beneficiar.

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.