Las ilusiones de una Gran Bretaña global

Jeremy Shapiro / Nick Witney

INTERNACIONAL

María Pedreda

Tras salir de la UE, Londres busca en el Indo-Pacífico «una nueva era isabelina»

28 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La medianoche del 31 de diciembre del 2020, el Reino Unido completó su salida de la UE. Tras haber firmado finalmente el acuerdo comercial que rige la relación entre las dos partes, Londres fue «liberada del cadáver que es la UE», como lo expresaron dramáticamente los partidarios del brexit. El Reino Unido era ahora libre de buscar su destino como la Gran Bretaña global.

¿Pero hacia dónde apunta ese destino? El primer ministro británico, Boris Johnson, promocionó el brexit con la promesa de una «nueva era isabelina», un resurgimiento del país en todo el mundo. Los británicos, al igual que sus antepasados ??bucaneros, ahora podrían zarpar hacia nuevos horizontes: elaborar grandes acuerdos comerciales, reencontrarse con aliados bajo los términos de Londres y reafirmar la vocación del Reino Unido como una «fuerza para el bien en el mundo». Un informe del Gobierno publicado recientemente, denominado Gran Bretaña global en una era competitiva, refleja este optimismo. El Reino Unido, señala el informe, surgirá como una «superpotencia de la ciencia y la tecnología» y «seguirá siendo reconocido por nuestro liderazgo en seguridad, diplomacia y desarrollo, resolución de conflictos y reducción de la pobreza».

Sin embargo, tal optimismo no encaja con el daño que padeció el país durante la pandemia. Sufrió el peor golpe económico entre los estados del G-7 y su tasa de mortalidad ha sido una de las más elevadas de Europa. Desde entonces, el Gobierno ha realizado un esfuerzo de vacunación notablemente exitoso, pero eso no cambia el hecho de que la deuda pública, de dos billones de libras, se encuentra en el punto máximo en setenta años y está aumentando rápidamente.

El país aún puede desempeñar un papel central en la política internacional si se reconcilia con el rol de poder intermedio. En lugar de entregarse a las fantasías de la Commonwealth o del Indo-Pacífico, Londres debería buscar sus puntos fuertes más cerca de casa, donde pueda utilizar su nuevo estatus como principal socio externo de la UE.

El declive no es inevitable

Los británicos tenían pocas ganas y poco tiempo para debatir las implicaciones de su nueva posición en el mundo antes de que entrara en vigor el acuerdo comercial de diciembre. Después de cinco años de rencor, la mayoría simplemente quería «dar el brexit por terminado». Por lo tanto, aunque la prensa partidaria del brexit apoyó el triunfo negociador de Johnson, el estado de ánimo del público fue de alivio en lugar de triunfalismo. El acuerdo también coincidió con la aparición de una nueva y más contagiosa variante del covid-19 en el Reino Unido. Francia, en respuesta, bloqueó brevemente los productos y viajeros británicos. El caos resultante demostró la importancia del comercio a través del Canal de la Mancha y reforzó lo que podría haber significado no cerrar un trato.

Los medios de comunicación británicos se apresuraron a señalar las fallas muy reales del acuerdo, entre ellas, que Johnson había subordinado los intereses económicos a las supuestas demandas de soberanía. Los investigadores pronostican una disminución del 6 % del PIB per cápita en la próxima década, y la capacidad del Reino Unido para exportar servicios a la UE sigue estando en gran medida sujeta a las decisiones de Bruselas. De hecho, lejos de estar «terminado», el brexit comenzará ahora a ver sus limitaciones en las interacciones económicas, políticas y humanas de Londres con Europa. En enero se produjo una caída del 40 % en las exportaciones de bienes británicos a la UE y las continuas disputas comerciales sobre Irlanda del Norte revelan que la separación no fue un divorcio amistoso.

Los británicos eurófilos suelen ver estos problemas como una confirmación del declive de su nación. Pero esta visión es exagerada. El Reino Unido sigue siendo, por ahora, la quinta economía del mundo, una potencia nuclear y un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Tiene un ejército poderoso y una inteligencia y capacidades cibernéticas formidables -el verdadero corazón de la «relación especial» con Estados Unidos -. Las redes globales de Londres son excepcionalmente extensas. En el 2021, el Reino Unido presidirá el G-7 y la conferencia climática COP26 en Glasgow. La nación pertenece a la cada vez más importante asociación de inteligencia Five Eyes y probablemente ocupará un lugar destacado en el plan del presidente de EE.UU., Joe Biden, para unir a las democracias del mundo. Los británicos dominan la lengua más versátil del mundo, cuyo estatus ha hecho de la BBC una voz mundial y ayudó a las universidades, a los tribunales y a la diplomacia a conservar su reputación.

Además, a pesar de la perdurable animosidad del brexit, el Reino Unido permanece indiscutiblemente cerca de sus antiguos socios continentales, geográfica, cultural y económicamente. Durante su tiempo en el bloque, los burócratas británicos a menudo demostraron ser muy efectivos para asegurar los intereses de su país en Bruselas sobre temas como la ampliación de la UE y la política de sanciones, incluso cuando desempeñaron su papel como representantes del miembro más recalcitrante del organismo. Podría decirse que los líderes británicos ahora tienen una oportunidad aún mayor de influir en la política de la UE desde el exterior, con más flexibilidad de la que tenían dentro y más vías de impacto que otras potencias externas.

Como exmiembro con una comprensión íntima del complejo organismo burocrático de la UE, el Reino Unido conservará una habilidad especial para influir en las normativas que son importantes para los ciudadanos británicos e ignorar aquellas que lo irritan. Pero para usar esta capacidad latente, el gobierno de Johnson debe ser ideológicamente flexible.

Fortalezas cerca de casa o nostalgia de otras épocas

Para Londres, la mejor forma de navegar en la era posbrexit es aprovechar sus puntos fuertes y protegerse contra compromisos innecesarios. Si sus líderes son capaces o no de tal modestia puede medirse en su «inclinación» hacia el Indo-Pacífico. Desde la Guerra Fría, el poder y la riqueza se han desplazado al Este y el Reino Unido ahora mira hacia allí. Pero eso no implica que enviar a la Marina Real a patrullar el litoral chino sea la mejor o la única opción, especialmente cuando el Gobierno continúa «buscando una relación positiva de comercio e inversión con China». Las preocupaciones acerca de la seguridad marítima en Asia oriental y de las capacidades chinas reflejan las ansiedades estadounidenses y el perdurable impulso británico para congraciarse con Washington.

Las lecciones de Afganistán e Irak han enseñado que la primera pregunta debe ser: «¿Qué ganamos nosotros?». Seguir a Washington en las peligrosas aguas cercanas a China no es un uso efectivo de los activos.

Londres debe replantearse su propio papel, como ocupar el espacio entre Bruselas y Washington, empujando a ambos hacia su postura en los temas que preocupan a los ciudadanos británicos. En los próximos años, el Reino Unido podría utilizar su posición para dar forma a las regulaciones de la UE. Eso requerirá la voluntad de aceptar la importancia de Europa y de un grado de humildad innatural en los líderes británicos. Pero tienen dos alternativas: beneficiarse de su proximidad al cadáver extrañamente vibrante de la UE o desvanecerse en una nostálgica irrelevancia.

© 2021 Foreign Affairs. Distribuido por Tribune Content. Traducido por Lorena Maya.