La ambiciosa agenda del presidente cojo

Sin el Senado, Biden tendrá que elegir candidatos de centro y conjugar las relaciones políticas para poner en marcha su programa de gobierno

Joe Biden
Joe Biden

Nueva YOrk / colpisa

Joe Biden puede haber ganado la presidencia, pero ha perdido el alma de Estados Unidos por la que dijo luchar. El purgatorio le espera. Donald Trump ha obtenido seis millones de votos más que en el 2016, como espejo de un país dividido.

El estrechísimo margen por el que se han decidido su triunfo en los estados clave se refleja también en el resultado legislativo por el que su partido ha perdido representación en la Cámara Baja y tampoco ha logrado reconquistar el Senado. En el mejor de los casos el escudero de Barack Obama es un presidente «cojo» al que los republicanos harán la vida imposible. 

Un nuevo Roosevelt

Su promesa para alcanzar el cielo es convertirse en un nuevo Roosevelt que lance una época de prosperidad económica tras la catástrofe del covid-19, aprovechando la crisis para modernizar el país. Su plan es contratar a 100.000 rastreadores para controlar la epidemia y facilitar pruebas masivas que permitan detectar a los asintomáticos, aunque para eso no tiene fondos ni mandato. Necesitará la colaboración de los estados y una partida presupuestaria con la que quiere pagar también un plus de peligrosidad a los trabajadores esenciales, además de subvencionar el costo de la vacuna para que salga gratis a todos los ciudadanos, tengan o no seguro privado.

Eso se sumaría al plan de inversión de 400.000 millones de dólares a lo largo de cuatro años para comprar bienes y servicios estadounidenses, y también otros 300.000 millones para impulsar la investigación de alternativas energéticas limpias. Sería la mayor inversión pública que se hace en EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial y todo un contraste ideológico con la prosperidad económica de la que ha disfrutado el país durante la era Trump.

El magnate inmobiliario impulsó un recorte de impuestos de 1,5 millones de dólares a lo Reagan que favoreció fundamentalmente a las grandes empresas, al reducir su tasa impositiva al 21 %, y a los tramos más altos. Con ello los republicanos redoblaban en su devoción por el gran capital, convencidos de que la bonanza económica se repartiría de arriba abajo en toda la sociedad.

Biden cree en el poder del Estado para impulsar la inversiones de forma más equitativa, convencido de que la bonanza de la era Trump era por la herencia de Obama. Según Moody's Analytics, las propuestas de Biden podrían crear 18,6 millones de puestos de trabajo, mientras que las de Trump hubieran resultado en 11,2 millones de nuevos empleos.

Antes de la pandemia EE.UU. tenía una de las tasas de desempleo más bajas desde la Segunda Guerra Mundial, con un 3,8 % en febrero pasado, pero pasó al 16 % en mayo y para septiembre había ya 31.5 millones de parados. A la hora de votar, los estadounidenses que han elegido a Trump han comparado la situación económica que ellos mismos han vivido durante estos últimos años con la incertidumbre de un presidente que ha sido capaz de sacrificar su propia campaña para respetar la distancia social. Durante esa campaña, el polémico mandatario les convenció de que un Gobierno de Biden supondrá otro confinamiento. Ahora el nuevo presidente tendrá que demostrar que tiene fórmulas mejores para combatir la pandemia sin sacrificar la economía. 

Recuperar el Obamacare

Por el contrario, los que estaban más preocupados por su salud, justo en un momento en el que el país ha superado los más de 100.000 contagios diarios, han apostado por un presidente que cree en la ciencia y promete escuchar a los científicos a la hora de instaurar políticas. Su propuesta es fortalecer la ley sanitaria de Obama que Trump ha desmantelado, aunque sin una mayoría en el Senado no puede más que recuperarla poco a poco mediante órdenes ejecutivas.

Si bien el candidato demócrata se ha opuesto frontalmente a la propuesta progresista de su rival Bernie Sanders, que buscaba expandir a toda la población el programa de seguro médico público para jubilados llamado Medicare, Biden apoya reducir de 65 a 60 años la edad para ampliar el acceso a ese programa.

Y al igual que Trump, propone negociar desde el Gobierno federal el precio de los medicamentos con las grandes farmacéuticas para hacerlos más asequibles, así como invertir 125.000 millones de dólares a lo largo de diez años en tratamientos para la adicción a drogas en lugar de castigarla criminalmente. 

Compromisos sociales

A su vez, el ala progresista de su partido tratará de exigirle compromisos sociales, mientras que la mayoría conservadora del Senado le obligará a quedarse en el centro, sobre todo a la hora de elegir a miembros de su gabinete y candidatos judiciales, que necesitan ratificación de la Cámara Alta. Se espera que una de las víctimas de ese chantaje sea Susan Rice, la embajadora de Obama en las Naciones Unidas y exconsejera de Seguridad Nacional a la que los republicanos culpan del humillante ataque al consulado estadounidense en Bengasi (Libia). 

Fichajes en el bando republicano

Biden planea contrarrestar esa presión eligiendo a republicanos de la órbita antiTrump que tienen credibilidad entre los conservadores moderados, como el exsenador de Arizona Jeff Flake o el exgobernador de Ohio John Kasick. Las relaciones que trabó en el Senado durante los 36 años en que mantuvo el asiento por Delaware serán su principal activo para navegar el mar tormentoso que será su Gobierno en los próximos dos años, al menos hasta las elecciones legislativas del 2022 que renovará un tercio del Senado.

Encontrará consuelo en la acogida que le darán los líderes mundiales de los aliados tradicionales, aliviados con la vuelta al orden establecido. Frente al America First populista y nacionalista de Trump, Biden es un multilateralista versado en política internacional que presidió el Comité de Relaciones Exteriores del Senado durante siete años. Y como prueba de esa vuelta al raciocinio y a las buenas relaciones, ha prometido que EE.UU. solicitará la vuelta a los Acuerdos de Paris justo a los 77 días de llegar a la Casa Blanca, el primer día permitido para ello por plazos legales tras su salida formalizada el pasado jueves. Esa salida de facto ocurrió mientras el país contenía el aliento ante la falta de resultados. Una muestra más del contraste que espera a Estados Unidos y al mundo con esta presidencia.

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