Los sicarios del poder en Venezuela

Presos liberados por el régimen se disputan a tiros el control de un barrio de Caracas opuesto a Maduro


Madrid / colpisa

La muerte madruga en Venezuela. La cita de los sicarios empieza al amanecer y se cobra la primera vida a las siete de la mañana en un barrio popular de Caracas, donde viven 800.000 personas hacinadas en casas de construcción barata. El barrio más grande de Latinoamérica está bajo el control de Wilexi Acevedo, jefe de un grupo de 200 hombres armados. Pero su territorio se ha visto amenazado.

El pasado miércoles, una banda rival traspasaba una frontera invisible hasta llegar a una de las calles principales del asentamiento. Portan «pajizas [rifles] y fusiles R15». Van en grupos de más de diez. El miedo y la cuarentena mantienen a los vecinos dentro de sus casas. Excepto a uno. «El hombre estaba en su calle», cuenta un testigo. «Los malandros le advirtieron: ‘Vete de aquí’, Pero no hizo caso. Cuando lo volvieron a ver, lo acribillaron». Una fotografía: al pie de una escalera, el cuerpo yace con los brazos en alto, la mochila todavía enganchada a uno de los hombros. Disparos en el pecho y la cabeza. La víctima deja familia. Sus dos hijos son jóvenes deportistas de la zona.

La banda del Gusano

«Es la banda del Gusano», asegura el testigo. «El que le mató era un muchacho que tendría 15 años. Le vació la pistola encima». Aunque parezca una batalla entre familias mafiosas, «hay un trasfondo político», explica una fuente. El Gusano, cuyo nombre no ha trascendido pero sí se sabe que creció en Petare, es un preso liberado por una ministra del Gobierno de Nicolás Maduro, Iris Varela, con una misión: la cabeza de Wilexi, quien pasó de entusiasta chavista, incluso nombrado juez de paz por el antiguo alcalde, a defensor de Juan Guaidó desde el 2019.

El año pasado, los escuadrones de exterminio bolivariano, las Fuerzas de Acciones Especiales, no pudieron con él, que los repelió en sucesivos enfrentamientos. Las chabolas de Petare son más intrincadas que la selva de Vietnam y Wilexi sabe librar una guerra de guerrillas desde el 2014, cuando tomó su control. Ahora la lucha es asimétrica por ambas partes.

Esa misma mañana del miércoles, cinco niñas de entre diez años y unos meses están sentadas en un bordillo alto, con vestidos limpios, peinadas. La menor con chupete. Mientras la mayor se sopla la nariz, pasan diez hombres con armas automáticas. Estos soldados no tienen uniforme. Visten como cualquiera con pantalón corto, camisetas, jersey, solo uno va todo de negro, como un comando. En las espaldas, mochilas. Paso rápido. Van a la guerra.

«Están reclutando a los carajitos de 14, 15 y 16 años», cuenta un vecino. «Los están agarrando para las bandas. Han matado a muchos también y no quieren quedarse sin muchachos». Más tarde, otra fotografía: el cuerpo de un niño, de lado, como si durmiera, con una mano tapando los ojos, como si quisiera evitar el resplandor de un sol que saldrá en pocas horas y que nunca más verá. Es uno de los verdugos, a su vez víctima, que sin arma ni altanería vuelve a ser un crío que debería prepararse para ir al colegio.

Anochece. Como las seis noches anteriores, se repiten los enfrentamientos. Los pistoleros se cubren con las esquinas y disparan de una calle a otra. Unos pocos metros de espacios habitados por gente temerosa que apaga las luces y duerme en el suelo. Los colchones cubren las ventanas enrejadas. Un disparo, cuatro. Una ráfaga. Tras la pared del edificio, un corrillo que se turna para apretar el gatillo sin apuntar. «Oiga, venga pa’la fiesta», se escucha un grito.

Un mito de la miseria

Con 185 centímetros de estatura, cara de niño, orejas pequeñas, cuello ancho, se cree que tiene 30 años, Willexi creó una «zona de paz» sobre la sangre de sus adversarios y de quien abriera la boca y no accediera a sus condiciones. Un mito construido con la misma miseria. Algunos vecinos manifiestan su apoyo a Wilexi con caceroladas al anochecer. «La gran mayoría le apoya abiertamente porque ha mantenido una especie de paz y justicia, aunque él mismo es parte de la delincuencia», confirma un hombre al que una vez robaron y Wilexi, al enterarse, asesinó al ladrón.

«Están reclutando a los ‘carajitos’ de 14, 15 y 16 años. Los están agarrando para las bandas» Los vecinos ya antes han participado en protestas callejeras bajo su protección. Al menos dos. Una contra las incursiones del Ejército y otra por un apagón. En estos tiempos sensibles por el efecto de un virus imposible de contrarrestar en un país con escasez de alimentos y medicinas, Wilexi «preparaba una manifestación con los vecinos». Estas actividades en zonas donde vive la población más desfavorecida son una singularidad en Venezuela. La mayoría de las favelas están controladas por pranes que ejercer la coacción social a favor del Gobierno. «Prefiero malo conocido que bueno por conocer», dice un vecino en defensa del actual «patrón» de Petare.

El conflicto, que sumará la octava jornada de enfrentamientos armados, ha buscado refuerzos de lado y lado. Cuando los supuestos «40 presos liberados», que calcula una fuente, fueron insuficientes para ampliar una primera zona tomada, llegó media centena más de la misma cárcel de Tocorón (centro del país) bajo el mando del pran Niño Guerrero. Todos armados con fusiles. Wilexi buscó alianza con otro pran, El Ratón, de la cárcel de Tocuyito, y con otros capos de barrios, que han enviado hombres y armas. «Son todos matones y asesinos». Dos pequeños ejércitos con arsenales de guerra pesada, y en medio la población civil. De fondo, una política de control social del Gobierno chavista.

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